Goya 2022: Academia en formol

Y, tras la excepción del año pasado, los Premios Goya volvieron, por desgracia, a la normalidad. En la edición pasada, debido a que los grandes estrenos y nombres alcanzaron las salas con el fin de rentabilizar -en la medida de lo posible- sus proyectos, estuvo marcada por los nuevos nombres: Pilar Palomero (4 Goya y 9 nominaciones para Las Niñas), David P. Sañudo (3 y 5 para Ane), Pablo Agüero (5 y 9 para Akelarre), Luis López Carrasco (2 de 2 para el documental El año del descubrimiento), David Victori (el Goya interpretativo fue para Mario Casas por No Matarás)… Solo Icíar Bollaín con La Boda de Rosa y Cesc Gay con Sentimental (y las dos tímidas nominaciones que recibieron Juanma Bajo Ulloa e Isabel Coixet) pusieron el punto de veteranía; sin embargo, el resultado para ellos no fue tan prometedor: tres premios de las trece (8+5) a los que optaban entre ambas.

Este año, Fernando León de Aranoa, ahora flamante ganador de 8 Goyas, ha arrasado con su aparentemente progresista, pero conservadora de corazón, El  Buen Patrón. La gran ganadora de la noche con 6 estatuillas -a saber, Mejor Película, Mejor Dirección, Mejor Guión Original, Mejor Actor Protagonista, Mejor Montaje y Mejor Música- es una casposa sátira sobre las realidades empresariales, encauzada por un pletórico Javier Bardem y producida por Jaume Roures (no hace falta tirar de hemeroteca para reconocer la triste ironía). No obstante, esta actitud conservadora ha sido la conductora de esta edición del reencuentro.

Empecemos por las nominaciones, El Buen Patrón alcanzó un histórico de 20, seguida de Maixabel con 15 y Madres Paralelas con 8. Para completar la parrilla, Mediterráneo, Las leyes de la frontera y Libertad acumularon 6 nominaciones, mientras que el resto de producciones apenas tuvieron una o dos (salvo Josefina con tres). Es decir, al ya mencionado Fernando León de Aranoa, se suman Pedro Almodóvar, Icíar Bollaín que repite en años consecutivos, Daniel Monzón, Marcel Barrena y Clara Roquet. Cinco directores consolidados, algunos de ellos auténticas instituciones del cine español, y una debutante avalada por la Semana de la Crítica de Cannes se reparten el bacalao. O dicho de otro modo, las tres cintas con más nominaciones son también las que más taquilla han tenido (3.374.603 € + 2.688.141 € + 2.371.557 €, respectivamente) y que no son comedias familiares o thrillers internacionales (A todo tren: Destino Asturias, Way Down y Operación Camarón encabezan el podio, según datos del ICAA). Mediterráneo y Las Leyes de la frontera , no obstante, les siguen de cerca con más de medio millón de euros recaudados cada una.

Pero quedan lejos de los 73.026 € recaudados de Libertad, los 76.120 € de La vida era eso, los 29.016,80 de Josefina, los 21.000 de Quién lo impide, los 20.506 € de Tres,  los 11.629 € de El vientre del mar, los 20.654 de Valentina, galardonada a Mejor Película de Animación -el domingo posterior a la gala los animadores y el equipo de este proyecto denunciaban públicamente a Chelo Loureiro por imagos y atribución indebida del crédito de Directora- o los 1.066 € de su compañera de categoría, Gora Automatikoa. Solo Chavalas, gracias a los nuevos rostros reconocibles de Vicky Luengo (Antidisturbios) y Carolina Yuste (Sevillanas de Brooklyn), logró pasar la barrera de los 100.000 euros en taquilla hasta llegar a la cifra de 242.459. Todas ellas reconocidas por la Academia con alguna nominación, pero ignoradas a la hora de la verdad. Pero vamos con los premios.

Unos premios en formol

Los «cabezones» se han repartido de la siguiente manera: Las leyes de la frontera y Mediterráneo se han repartido la mayor parte de los apartados técnicos. El cine quinqui pop de Daniel Monzón fue la segunda película con más premios -Mejor Actor Revelación, Mejor Guión Adaptado, Mejor dirección artística, Mejor diseño de vestuario y Mejor Maquillaje y Peluquería-, seguida de los tres tanto del biopic de Maixabel Lasa –todas estatuillas interpretativas, continuando el desprecio de la Academia hacia Icíar Bollaín- y de la ficcionalización de la causa social del Open Arms financiada por Telecinco. Y los ya mencionados 6 Goya para El Buen Patrón, tres de los cuales tienen el nombre de su director. De las grandes películas, solo el melodrama maternal sobre la memoria histórica de Pedro Almodóvar se fue, injustamente, de vacío.

En cambio, en las esferas independientes solo Libertad, Tres, Quién lo impide y Valentina reciben alguna estatuilla, con las dos últimas en las categorías de Documental -quién haya visto la película de Jonás Trueba sabe que tiene más de ficción que de documental- y de Animación respectivamente y con el debut de Clara Roquet con dos (Dirección Novel y Actriz de Reparto para Nora Navas, Vicepresidenta de la Academia). Un total de 5 cabezones. De un total de 21.

La edición del reencuentro ha sido también una vuelta a la peor de las tradiciones académicas: el conservadurismo. Se ha apostado por las películas más habladas -y, por tanto, con más taquilla- y dirigidas y producidas por los pesos pesados de la industria. Incluso en el ámbito del cortometraje se decidió premiar una superproducción -dentro del mundo del cortometraje- como es Totem Loba, que dirige la actriz Verónica Echegi y producen, entre otros, Arturo Vals, Alex García (actor) y Carmela Martínez Oliart (productora de cortometrajes e hija de Joaquín Sabina).

Esto en ningún momento es un desmerecimiento de los premios o una impugnación de los ganadores, sino más bien un cuestionamiento de su sentido. Maixabel es una grandísima película muy necesaria para nuestra salud democrática, El buen patrón es una buena cinta con una gran actuación central, Madres paralelas es un gran melodrama que falla en su aparatado político, Las leyes de la frontera es un espídico thriller que homenajea al cine quinqui y Totem Loba es un grandísimo cortometraje que propone una revisión asfixiante de las tradiciones machistas y la presión social.

Hay un límite de nominaciones y premiados solo puede haber uno y una Academia, por su naturaleza colectiva, no va a tender a los extremos, para lo bueno y para lo malo. Esto ocurre en casi todas las Academias; no obstante, y si bien podemos darnos con un canto en los dientes si miramos a Francia porque los Cesar llevan unos años de no dar pie con bola, se echa de menos que la edición del año pasado no haya sentado precedentes. Se echa de menos que los académicos se olviden de aquello que son, en el fondo, estos premios: una ventana con trampolín.

Esa es la lección que tendríamos que haber aprendido del año pasado. Las niñas es una ópera prima que habría corrido la misma suerte que Libertad o Chavalas de no ser por su éxito en la temporada de premios. En cambio, acabó cosechando casi un millón de euros (856.854,60 €) en plena pandemia gracias a la plataforma que otorga la Academia. Y, como ellas, hay muchas películas que esperan crecer.

El audiovisual español es mucho más diverso que la punta del iceberg.

En el cine español caben desde alienígenas murcianos a náufragos catalanes, pasando por sevillanas en Brooklyn, señoras surrealistas extremeñas, y efectos ópticos burgaleses; desde abuelas terroríficas a actores en el gueto de Varsovia, pasando por policías bajocero, muñecos animados en busca de un Goya automático o brujas vascas a la luz de las lunas; desde los delicados retratos intimistas de Ama o La Viajante hasta la sequedad de Hombre muerto no sabe vivir o El sustituto, pasando por el mcguffin hitchcokiano de Dos o la comedia documental de Seis días corrientes; desde el melodrama de nombre gastronómico de un director consagrado, pero olvidado, como Benito Zambrano a Lucas, el segundo largometraje de Álex Montoya o al giallo queer ¡Corten! del cineasta trash Marc Ferrer; desde el documental leonés sobre mujeres trans Sedimentos a los debuts en el largometraje de Hugo Martín Cuervo con la road movie cómica ¿Con quien viajas?, de Iván Ruiz Flores con el drama sobre la vejez Retrato de una mujer de pelo cano y arrugas o Karen, pasando por los (vilipendiados) nuevos trabajos de los incansables Fernando Colomo y Carlos Saura. Y eso, sin contar con algunas de las ligeramente reconocidas por la Academia: Tres, La Hija, Josefina, La vida era eso, Libertad, Chavalas, Quién lo impide, etc.

¿Cuál es el sentido de seguir dando  presencia mediática de forma acrítica a las mismas películas y a los mismos rostros? En una industria tan pequeña como la española los Premios Goya son muy necesarios. No solo a corto plazo como forma de impulsar la taquilla de proyectos más pequeños -hay que tener en cuenta que, si ya es excepcional tener beneficios, las producciones pequeñas existen casi «por amor al arte»-, sino también a largo plazo. De esta forma, se están sacrificando muchas carreras, tanto de jóvenes como de veteranos marginales. Además, provocará una radicalización de una serie de tendencias que en los últimos años ha empezado aparecer:

1. Los debuts son cada vez más tardíos. Clara Roquet (37), Carol Rodríguez Colás (39) Javier Marco (40), Neús Ballús (41), Chema García Ibarra (42), Juanjo Giménez Peña (58),… solo Júlia de Paz Solvas pone la excepción a la regla con 25 años, edad en la que dirige en solitario Ama. Esto viene dado de que la propia industria es muy reticente a apostar por nuevos autores y, como si fuese Umberto Eco escribiendo El Nombre de la Rosa, hace que lograr levantar un primer proyecto de largo sea un camino exasperadamente extenuante. Por ejemplo, David Martín de los Santos lanzó su primer cortometraje, Llévame a otro sitio, en 2004 y su opera prima -en ficción- se estrena a finales de 2021. Luego admiraremos maravillados cómo Paul Thomas Anderson y François Truffaut estrenaron sus operas primas con 26 y 27 años.

2. Los autoremakes como forma de iniciarse. Belén Funes, Álex Montoya, David Pérez Sañudo, Javier Marco,… cada vez son más las operas primas o las segundas obras que tienen que pasar antes por el mundo del cortometraje para demostrar su valía ante productores y distribuidoras. Un mundo del cortometraje en el que se exige triunfar, pero que es papel mojado, viendo la suerte de Juanjo Giménez tras ganar la Palma de Oro en 2015 con Timecode o de Chema García Ibarra tras formar su particularísmo universo en el formato corto.

3. La precariedad romantizada. Ese ámbito de los cortometrajes -o de los documentales-, que existe por amor al arte y sin apenas remuneración, se ha extendido a las esferas independientes. Los profesionales subsisten fuera de la industria o se «fugan» a la televisión o al extranjero. Y así se conforman dos bandos, cuyas características son cada vez más acentuadas: el cine independiente y el mainstream.

Estas tendencias son globales, no solo se circunscriben al ámbito nacional. Todas estas tendencias se enmarcan dentro de la sociedad tardocapitalista en la que vivimos, donde los extremos se disparan y la precariedad reina, donde el cine funciona a base de películas-evento, la calidad es un arma arrojadiza, la crítica no entiende su papel dentro del engranaje y los auteurs, lejos de su voluntad anticapitalista, son marcas personales. Y, repito, nos podemos dar con un canto en los dientes si miramos a Francia y a la 45ª edición de los Premios César. Curiosamente, en Hollywood, desde hace unos años se han dado cuenta que la diversidad -bien por obligación, bien por convicción- es el futuro y la salvación de la endogamia y cada año -poco a poco, pues también tienen mucho camino por recorrer- intentan abrir más su abanico, hasta el punto que hay una total fragmentación entre los distintos palmarés que se entregan y cuentan con algunas de las nominaciones más variadas de la última década en la próxima edición de los Oscar.

En cambio, la Academia española parece que ha olvidado su propósito prescriptivo y su condición de clase -recordemos que los académicos no obtienen remuneración (quizá habría que darle una vuelta a este concepto en un futuro)- y premia a un tipo de cine que se encuentra en el punto de encuentro entre el cine de autores consolidados y el cine más comercial. Es decir, siempre van a lo seguro, ya sea por quién lo firma o por el impacto social generado. La necesidad de una renovación generacional y de un cambio en el sistema es cada vez más patente.

Porque el papel de la Academia, si aplicamos su origen ilustrado al presente, debería servir de contrapeso a las tendencias del mercado, porque, de lo contrario, en unos años estaremos más cerca de vivir en Familia de Fernando León de Aranoa que de premiarla.

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