Modelo 77

Ficha técnica:

Título original:

Modelo 77

Director: Alberto Rodríguez

Duración: 125 min

País: España

Idioma: Español

Intérpretes: Javier Gutiérrez

Miguel Herrán, Jesús Carroza,

Fernando Tejero, Catalina

Sopelana, Xavi Sáez

Movistar+

Sinopsis: Cárcel Modelo. Barcelona, 1977. Manuel, un joven contable, encarcelado y pendiente de juicio por cometer un desfalco, se enfrenta a una posible pena de entre 6 y 8 años, un castigo desproporcionado para el delito cometido. Pronto, junto a su compañero de celda, Pino, se une a COPEL, un colectivo de presos que luchará por los derechos de los presos comunes y la amnistía. Se inicia una guerra por la libertad que hará tambalearse al sistema penitenciario español. Si las cosas están cambiando fuera, dentro también tendrán que hacerlo.

Crítica:

Cuando tu único derecho es romper la ley. En Modelo 77, película de presentada en Sección Oficial fuera de competición, Alberto Rodríguez, el cineasta que mejor ha sabido canalizar el thriller político al contexto cultural español, vuelve a la carga con el género que le dio la gloria; ahora, inspirándose en los hechos acontecidos en Barcelona a finales de la década de los 70, durante los primeros pasos de la Transición, que se está convirtiendo en el tema vertebral de este última etapa de su filmografía. Ya había tratado el tema en la multipremiada La Isla Mínima (2015), donde un policía llegado de Madrid tendría que descubrir lo lenta que puede avanzar la sociedad en los parajes más recónditos del país y los secretos que los paisajes esconden.

En esta ocasión, los secretos no se encuentran en Doñana ni en París, sino que se localizan en el interior del sistema penitenciario español. Alberto Rodríguez circunscribe toda la narración al interior de la prisión (solo contados planos, que sirven de localización temporal, se sitúan fuera de la cárcel), siguiendo incansablemente a Manuel, interpretado por el, a veces contenido, a veces explosivo, Miguel Herrán, acompañándole cuando sufre los abusos policiales y admirándolo en sus momentos más heroicos. A su lado, el siempre notable Javier Gutiérrez, que interpreta a un dandy que guarda no pocos secretos, sirve tanto de contrapunto generacional y político como de compañero y protector.

Siguiendo la línea de El hombre de las mil caras (2016), el director sevillano se muestra más directo y contundente, explícito (para algunos, obvio). Las instituciones —particularmente las penitenciarias, pero todas las instituciones, al fin y al cabo— y su incapacidad para reformularse y transformarse profundamente son el objetivo de la crítica que articula el realizador. Los mismos políticos, los mismos jueces, los mismos abogados, los mismo policías, los mismos funcionarios, las mismas leyes… Una mirada pesimista y deseperanzadora sobre la salud de nuestra democracia que, en ese pesimismo y esa desesperanza, radiografía muy bien las consecuencias de ambos: el fin de los movimientos sociales y un auge del individualismo. Al final, la capacidad de transformación social y nuestras libertades dependen de unos pocos.

Por otro lado, también reivindica la figura cultural del preso y se pregunta cuál es la función de las prisiones, si instituciones que tengan como objetivo la reinserción; o si, por el contrario, se trata de una forma de castigo y represión. En ese sentido, la película no se encuentra muy lejos del documental Enmienda Nº13 (2016), de Ava Duvernay, donde se relata cómo el final de la esclavitud (y los avances democráticos en Estados Unidos) conllevó que fueran los centro penitenciarios y las fuerzas del estado quienes mantuvieran el racismo de las clases más altas. De esta forma, el mensaje de clase se vuelve omnipresente, desde la propia condición de los presos hasta las jerarquías que se forman en el interior de las cárceles —tanto entre reclusos como las de estos con los funcionarios—, pasando por esa sociedad que queda fuera, que solo se intuye y nunca se llega a experimentar. Así, el realizador andaluz cuestiona nuestra mirada sobre los presos, cuestionándonos sobre nuestra conciencia de clase y los fundamentos de nuestra cultura.

Junto al manejo (preciso) del punto de vista, la imagen granulada —que ya parece haberse convertido en un tic de los cineastas que quieren ser visualmente respetados— se convierte en el principal recurso visual de la cinta. El objetivo no es otro que la inmersión, junto al vestuario y el arte, del espectador en ese contexto histórico, jugando la carta del recuerdo que merecer ser contado; contado para revisitarlo y cuestionarlo y contado para el aprendizaje y su aplicación al presente, pues, al final, la película propone una revisión de nuestro pasado, pero también de nuestro presente.

Por un lado, el presente de cara al pasado de nuestras instituciones, en tanto son herederas de las franquistas, radiografiando cuál fue la profundidad de la reforma democrática, o si fue un trampantojo, una operación de marketing llamada Transición. Pero, por otro, el presente de cara al futuro; ¿las injusticias que aquí se relatan siguen ocurriendo en España? ¿En Europa? Que a día de hoy, 17 de septiembre, el periodista Pablo González sigua preso en Polonia, con todos sus derechos vulnerados, tras más de seis meses —casi siete— de prisión preventiva, mientras la comunidad internacional permanece en silencio, que hayan salido a la luz no pocos casos de policías con tendencias antidemocráticas y de ultraderecha en los últimos años, o que dos películas tan centradas en el presente, en fondo y forma, como Mi país imaginario (Patricio Guzmán, 2022) y En los márgenes (Juan Diego Botto, 2022), que compiten en el Festival en la secciones Horizontes Latinos y Perlas respectivamente, también consideren a los cuerpos del estado como un martillo que defiende a los poderosos deberían ser ejemplos suficientes de que las cosas no han cambiado tanto. Quizá solo estamos mirando en la dirección equivocada.

La subtrama de Lucía, la hermana de la novia que pronto se convertirá en el interés amoroso de Manuel, estableciendo a la única mujer con un papel relevante como trofeo y símbolo de la libertad obtenida; un ritmo un tanto renqueante (sus más de dos horas de duración, si bien en ningún momento pesadas, se hacen notar) que hace que la película sufra en su último tramo; y el desarrollo de algunos personajes sirven como asteriscos agridulces a lo que, por lo demás, es una gran cinta.

El cineasta se pregunta si hemos cambiado tanto y, sobre todo, quién controla el relato. En ese sentido, Modelo 77 se vuelve necesaria y Alberto Rodríguez usa su posición como cineasta nacional de primera línea para intentar desafiar esa narrativa y ofrecer, en su lugar, una perspectiva de clase. Para ello, navega entre el cine negro, el cine de fugas más tenso —y quizá una de las entregas más originales de este subgénero: pocas veces, los presos han intentado fugarse a través de una amnistía— y una emotiva buddy movie. esa adscripción al género es, pese a todo, el principal interés del realizador para la cinta y, quizá, también la mayor virtud de la misma, permitiendo que el mensaje tome altos vuelos envuelto en caramelo. El cineasta narra con vigor, aunque sin el estado de gracia visual de La isla mínima, y logra una inauguración notable para la septuagésima edición del Festival de San Sebastián.

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