Festival de San Sebastián 2022 (III)

Primer día de gala con luces y sombras. En el lado positivo, la conmemoración de la carrera de Juliette Binoche, rostro de la Trilogías de los colores o Copia Certificada. La actriz, que presentaba, como decíamos ayer, Fuego, ha dedicado su premio al silencio, «el mejor compañero de viaje». El lado tenebroso (y ruidoso) lo ocupa una polémica extracinematográfica: hoy es el estreno de Sparta, tras la cancelación de sus pases en el Festival de Toronto por las acusaciones de un periódico alemán contra su director. Pero olvidémonos tanto del glamour como de los murmullos, y hablemos de cine.

Sparta (Ulrich Seidl) – Sección Oficial

Rodeada de polémica, se estrena Sparta de Ulrich Seidl, segunda parte, tras Rimini, de un díptico sobre dos hermanos de actitudes y personalidades decadentistas. Como es habitual en su cine, la cinta se centra en un marginado, en este caso un pedófilo, y en las formas que tiene para oprimir(se) y, como es habitual en su cine, el cineasta no imprime un mensaje rotundo, pese a un posicionamiento espiritual y moral.

La película comienza planteando algunas escenas verdaderamente interesantes y rompedoras (la pelea de bolas de nieve), donde este hombre que tiene deseos pedófilos huye de estos, intentando reprimirlos siendo consciente de lo atroces que pueden llegar a ser. A partir de su viaje a Rumanía y la restauración y la formación de la escuela que da título a la película, la historia se centra en los abusos que realiza a una serie de niños de un pequeño pueblo. Quizá de forma más visible que en Paraíso: Amor (2012), Seidl realiza un estudio de personaje con este maltratador —uno quizá amable y bien intencionado, pero un maltratador, al fin y al cabo—, llevando al espectador lugares oscuros de la . El cineasta crea una película llena de contradicciones y ambigüedades y que juega más fuerte fuera de cuadro que dentro.

Porque, dentro del cuadro, el cineasta continua la tendencia a «no mostrarse» a través de planos fijos aparentemente impersonales, pero cuidadosamente compuestos a los que, en esta ocasión añade cámaras en mano que aumentan los niveles de dinamismo y de inestabilidad que no habíamos visto hasta ahora en su obra. Es una película desasosegante y, como mucho del cine de Seidl, de una moral cristiana que se vislumbra con más claridad si se conocen los temas y las formas del autor austríaco. Esta vez, la polémica no está a la altura de la película, ni la humanidad, pecadora, de Dios. Jorge Sánchez

Il Boemo (Petr Václav) – Sección Oficial

IlBoemo podría ser definido como un biopic que narra la carrera musical en Italia del compositor checo Josef Mysliveček, cuya trayectoria musical ha sido ignorada en gran medida por la historiografía musical y cuyo estudio se tiende a circunscribir a su relación con los Mozart, Leopold y Wolfang Amadeus (la propia película no deja esta carta sin jugar); un biopic, por tanto, de carácter reivindicativo y con un claro endiosamiento del su protagonista. Y, como tal, discurre por los caminos esperados (quizá de una forma más confusa de la deseada, pero íntegra) del auge y de la caída en desgracia de este músico al que se le aplica, de forma disimulada, el calificativo de genio.

Petr Václav mira al pasado para cuestionarse el presente. No pocas líneas de diálogo parecen referirse explícitamente a la situación estética actual, desde el «ahora es todo [la música] más simple» a la situación precaria de los artistas. En ese comentario, extenso y lleno de matices que desgranar con calma, llama la atención, pese a ser muy secundario, la representación que hace del teatro, como un espacio de encuentro social donde se come, se discute, se pelea, se folla, se habla, se escupe, se aplaude, se jalea, se abuchea frente la situación de los cines hoy en día, semivacío y en perpetuo silencio. Quizá en esa dialéctica entre lo representado y su espacio de proyección haya respuestas a preguntas formuladas en otras escenas.

Su mirada, romántica, parece discordante con la música que compone el músico, clasicista, generando una disonancia entre la realidad y su representación interesada que le sirve al cineasta para reivindicar el carácter precoz del músico y para sus propios intereses. Al fin y al cabo, esa mirada romántica justifica el exceso, las pasiones exacerbadas, el dramatismo, el compromiso suicida con el arte, los escatológico, lo extraño, lo enfermo, lo carnal, lo prohibido y la ópera que se concitan a lo largo de las dos horas y veinte de metraje; un baile ecléctico donde lo mostrado en pantalla. No será una película para todo el mundo, pero es una película comprometida consigo misma. Jorge Sánchez.

No te preocupes, querida (Olivia Wilde) – Perlas

Rumores y polémicas le han dado a esta producción titulares y promoción ajenos al material mismo. Una premisa potente que pretende indagar en la tradición cisheteropatrialcal a través del thriller y la ciencia-ficción se ve manchada por un ejecución (de guion y de dirección) que parece reflejar los problemas de rodaje que han salido a la luz en estas últimas semanas, pues estamos ante un conjunto que se antoja caótico. Lo más decepcionante de la película es que el concepto tras No te preocupes, querida, a pesar de no ser novedoso, tenía grandes posibilidades de resultar interesante.; y no lo consigue. Oliva Wilde toma en su segundo largometraje decisiones confusas de puesta escena y montaje en un intento de reivindicación feminista que solo roza la superficie.

De esta manera asistimos al pánico que sufre Alice al darse cuenta de su alienación, pero sin especial desarrollo de las relaciones de Alice con el resto de los personajes. Si bien no molesta la poca atención al tratamiento psicológico de Jack, el marido de Alice interpretado por Harry Styles —cuyo desplazamiento de la narración resulta entendible por el protagonismo de la experiencia femenina—, se echa en falta un enfrentamiento más complejo con el antagonista y fundador de la comunidad del Proyecto Victoria. Si de verdad Frank estaba a la espera de un desafío y encuentra en Alice una rival digna frente a su anticuada dictadura contra la libertad femenina, su lucha de poderes no queda desarrollada ni matizada. Wilde aprovecha la fuerza interpretativa que Florence Pugh demostró en Midsommar, sosteniendo toda la película en su actuación, pero perdiéndose en retratar el dolor y sufrimiento de la actriz. Una pena. María Valdizán Cuende.

Black Narcissus (cortometraje, Peter Strickland) – Zabaltegi-Tabakalera 

El cineasta británico Peter Strickland, cuyo último trabajo, Flux Gourment, se pudo ver en la Berlinale, presentó en San Sebastián una cortometraje que puede parecer menor en comparación con In Fabric (2018), Berberian Sound Studio (2012) o El duque de Burgundy (2014) pero que tiene tanto de él como ellas.

Black Narcissus, en referencia a la película de Michael Powell y Emeric Pressburger, es un audiocomentario a una película porno casera de los años 70. Un chiste que se desarrolla con tal cuidado e inteligencia que llega a sitios muy profundos del alma, humana mientras vemos a un joven adonis intentar masturbarse o chupar un pene prostético. El cine como ventana fantasmagórica al pasado, el poder mágico de las imágenes, que, por pobres que sean, son capaces de remover nuestro interior hasta llevarnos a una crisis existencial y el cine como juego erótico (tanto los actos de filmar y de ser filmado como la pulsión voyerista) son algunas de las ideas que están brillantemente trazadas. En apenas 12 minutos, Strickland crea una de las obras de este Festival. Jorge Sánchez

Piaffe (Ann Oren) – Zabaltegi-Tabakalera 

Los caminos que unen el videoarte y el cine no son pocos, pues, a menudo, solo están separados por sus diferentes espacios de exhibición. Es más, en Tabakalera, junto a la sala de proyección, hay comisariadas dos exposiciones; una de ellas proyecta instalaciones y videos de autores que participan en otras secciones del Festival, como Isaki Lacuesta (Un año, una noche, que compite en Perlas) o Lemohang Jeremiah Mosese (miembro del jurado). Otra de las principales diferencias (a grandes rasgos) es su vocación sensorial y/o conceptual y formalista, alejada de la narratividad que suele primar en el cine. Quizá teniendo estas ideas en cuenta, uno puede aproximarse mejor a Piaffe, la ópera prima de Ann Oren, una cineasta que ha tenido una larga trayectoria en museos y galería y que ha decidido cruzar el charco.

Su debut cinematográfico tiene mucho de forma y de chiste, los dos pilares sobre los que se sostiene el mundo del arte desde Duchamp, y poco de historia, algo que termina pasándole factura pese a su corta duración. La sinopsis, por loca, no puede ser más atractiva; y es en esa extrañeza, más que en una pretendida reflexión sobre el deseo, lo queer o lo cinematográfico, donde radica gran parte del interés (que se irá perdiendo poco a poco) de la cinta. La directora sabe lo que hace y consigue lo que quiere, mostrando con precisión aquello que quiere mostrar, generando las disonancias que quiere generar y creando las formas que quiere crear. Pero la propuesta se agota rápido precisamente por quedarse en tierra de nadie entre lo conceptual y lo narrativo. Tiene momentos, escenas e imágenes interesantes, pero son eso, momentos escenas e imágenes sueltas. Tristemente, no pasa de película rara. Jorge Sánchez

Cuerdas (cortometraje, Estibaliz Urresola) – Zabaltegi-Tabakalera

En el centro del este cortometraje, presentado en Cannes donde se recibió con entusiasmo, se encuentra una decisión. Un coro de mujeres deberá aceptar o no la subvención de una de las empresas más contaminantes de la zona; y más concretamente nuestra protagonista, interpretada por la debutante (¡a sus 91 años!) Begoña Suárez, que será la encargada de desempatar la disputa. Para llegar a esa decisión, las mujeres deberán dialogar y hablar entre ellas y valorar las ventajas y las desventajas de la situación, demostrando las dificultades del idealismo para cuajar en la realidad. Tristemente ese mensaje ecologista se ve empañado por cierto cinismo antropocéntrico en la valoración de las consecuencias, es decir, la contaminación es amoral en tanto les causan enfermedades. Realizado con oficio y sin artificio, destacan las intérpretes que, salvo Jone Laspiur, se tratan de no profesionales que cumplen. Un corto humilde que ha llegado lejos, y nosotros que nos alegramos. María Valdizán Cuende.

Diarios (Andrés Di Tella) – Zabaltegi-Tabakalera

A diferencia de Piaffe, Diarios es cine de museos que ha encontrado una grita por la que saltar a un festival de cine tradicional. El propio Andrés Di Tella, que no es la primera vez que pisa el suelo de Tabakalera, se ha cuestionado el uso de la palabra “película” para referirse a su última obra. A través de ella, el espectador asiste a la mente caótica de su director: reflexiones, confesiones, recuerdos… que adoptan las formas más inesperadas, desde el uso indiscriminado de imágenes de archivo, grabaciones de móvil o material rodado por él mismo hasta una sesión de lectura que realiza él mismo sentado en una mesa, pasando por cualquier tipo de ocurrencia que pueda servirle para expresarse o boicotear las imágenes que le preceden.

Esa amalgama, inconexa, dialoga con Ficción privada (2019), que reconstruía la relación de sus padres a través de una serie de cartas; en esta ocasión, las cartas son de él mismo para sí mismo o de él mismo para abrirse al mundo. Nunca queda del todo claro qué es real, biográfico, y qué es puro acto performativo. En esa mezcolanza, lo personal se vuelve político y su faceta de documentalista asoma, de fondo, como un aura que todo lo impregna. No obstante, la pregunta que surge cuando uno sale de la sala es: ¿por qué no se encuentra en una exposición? O mejor: ¿por qué no es una exposición, donde, en lugar de 90 minutos de imágenes yuxtapuestas en perpetua confusión, se pudiesen ver los diarios (y sus anexos) tan juntos como separados? María Valdizán Cuende.

El suplente (Diego Lerman) – Sección Oficial

El último trabajo de Diego Lerman, realizador argentino que ya presentó en San Sebastián Una especie de familia en 2018, cuando ganó la Concha de Plata al Mejor Guión, bien puede considerarse su mejor trabajo hasta la fecha. De una factura técnica impecable (el motivo iconográfica de los reflejos y las distorsiones que sufre el personaje) y con una inteligente estructura que se alimenta de las lecciones de este profesor sustituto, como si estas cobrasen vida, la obra se centra en la necesidad de la educación y de la poesía. Un mensaje idealista que se entiende mejor en un contexto de temor al auge de la violencia, del narcotráfico y de la ultraderecha. Su protagonista, interpretado por se presenta como la parte más atractiva de la cinta, construyéndose, en un principio, como si fuese aquel David Hammings de Blow-Up (Michelangelo Antonioni, 1963) que, en lugar de aburrido, se encuentra en una crisis creativa y existencial y, por ello, en lugar de inventarse un «asesinato», se adentra en su propia aventura policial dónde él puede ser el héroe.

Y, sin embargo, no convence. La manera en la que Lerman desarrolla el tema tiende a un despotismo ilustrado de carácter clasista, al tiempo que entra en conflicto con el resto de la obra del director, pues La mirada invisible (2014) discurría también por los senderos de la educación y la política, pero para hablar de la represión y el autoritarismo. El desarrollo del personaje va de más a menos, mostrándose sus mejores momentos al inicio de la cinta y terminando con un heroismo clásico que presenta una solución en falso, aún más desquiciada, a los problemas planteados. Asimismo, esa estética que mezcla el thriller con el drama termina por ser demasiado gris y atonal, viviendo grandes momentos (la persecución final), pero sin que, en conjunto, despierte grandes pasiones. Jorge Sánchez

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