BARDO, falsa crónica de unas cuantas verdades

Ficha técnica:

Título original: BARDO,

falsa crónica de

unas cuantas verdades

Director: Alejandor G. Iñárritu

Duración: 174 min

País: México

Idioma: Español, inglés

Intérpretes: Daniel Giménez

Cacho, Griselda Siciliani,

Íker Sánchez Solano,

Leonardo Alosno, Andrés

Almeida, Ximena Lamadrid,

Ruben Zamora, Fabiola

Guajardo, Omar Leyva

Netflix España

Sinopsis: BARDO es una comedia nostálgica en el marco de un viaje épico. Una crónica de incertidumbres donde el protagonista, un reconocido periodista y documentalista mexicano, regresa a su país enfrentando su identidad, sus afectos familiares o la absurdidad de sus memorias, así como el pasado y la nueva realidad de su país.

Crítica:

El cine de autor —el arte, en general— funciona de forma similar a la suspensión de la incredulidad: aceptamos la imposición de un ego, siempre y cuando este no sea muy obvio y no nos moleste y, si se pasa un poco de la raya, la fantasía se viene abajo. El humor (Woody Allen, Larry David, Jerry Seinfield) y la victimización de sí mismos (Federico Fellini, Pedro Almodóvar, Woody Allen) son herramientas que logran ocultar el ego, mientras que la ambición, el «moralismo» o la sobrexposición son (en teoría) elementos reveladores de un autor que se está poniendo por encima del espectador. No obstante, BARDO, falsa crónica de unas cuantas verdades parece haber cruzado una línea roja que ha hecho que la crítica internacional se eche las manos a la cabeza y el ego del cineasta se convierta en monotema.

La nueva película de Alejandro G. Iñárritu se enmarca dentro de la tendencia a la autoficción en la que vive enfrascado en cine de autor contemporáneo (Paul Thomas Anderson, Pedro Almodóvar, James Gray,…), pues pone de manifiesto las dudas que se encuentran en la mente del director mexicano. Cuestiones familiares y maritales, nacionalismo e identidad, privilegio y clase, reflexiones estéticas, fantasmas del pasado… En ese sentido, no se muestra muy distante del resto de participantes adscritos a esta moda, con sus aspectos positivos (novedad e interés formal) y, sobre todo, con los negativos (onanismo, individualismo, conservadurismo). Es más, bien podría ser el epítome de la tendencia y de la etiqueta «cine de autor». La gran diferencia es la medida.

Todo en BARDO está construido a gran escala, desde el omnipresente gran angular (que ya estaba en Birdman y en El renacido) hasta el tiempo de metraje (casi tres horas) y en medio recreaciones de batallas históricas, desiertos y éxodos, bailes multitudinarios, montañas de millones de cadáveres, fantasías con ajolotes o una Ciudad de México desierta a lo Bergman. Y no da tregua, pues cada plano tiene que superar al anterior y cada imagen tiene que desbordar por sí misma. Una búsqueda de la épica que, en tiempos de gran intimismo en la ficción, resulta refrescante. Lo nuevo de Iñárritu es tan gigantesco que resulta aberrante y es ahí, en esa distorsión, donde el cineasta mexicano alcanza la honestidad y donde la irregularidad, la ambición desmedida y el gran angular encuentran un sentido que va más allá de lo estético. Solo es en ese maximalismo donde se pueden extraer conclusiones —no solo sobre la película, sino también sobre el género, su estética o el «cine de autor»— de forma más clara e injusta. Pero es inevitable ante una obra tan extensa y voluble como esta.

Y, sin embargo, esa gran escala solo sirve para disminuir a Iñárritu —a través de su trasunto, un gran Daniel Giménez Cacho. En una escena marcadamente cómica, el trasunto se encuentra con el fantasma de su padre fallecido en un baño público y, a través de un corte, se convierte en un niño con rostro de adulto. Esa parece ser la conclusión de cualquiera de las escenas de Bardo: un pavor existencial al nihilismo más absoluto y a la insignificación que, a pesar de todo, termina aceptando. Es en ese momento cuando la película llega al último círculo del neorromanticismo contemporáneo, abrazando lo sublime y entregándose a lo absurdo de la existencia.

BARDO es una película contradictoria, irregular y onanista, pero también es una cinta irónica y autoparódica. En sus imágenes desbocadas que siguen la estela de Bergman, Fellini y Tarkovsky, encontraremos el delirio y el sueño, la imaginación y la memoria, el pasado y el futuro, y a Iñárritu. Siempre a Iñárritu. A su visión del mundo y de sí mismo: un caminante ante un mar de nubes que, de espaldas al público, se ve frente una inmensidad que le acongoja.

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