Roald Dahl por Wes Anderson: los cortometrajes de Netflix

El estilo de Wes Anderson es ampliamente conocido tanto entre los amantes experimentados del séptimo arte como en los iniciados. El diseño de producción de sus películas es envidiable: la simetría de sus espacios, el uso de maquetas, los colores pastel y sobresaturados, el atrezzo y vestuario de inspiración vintage son algunas de las constantes que consiguen que las películas de Anderson sean inmediatamente reconocibles. El estilo excéntrico de Wes Anderson ha traspasado la gran pantalla, realizando cortometrajes/spot para grandes marcas como H&M, American Express, Stella Artrois y Prada. En esta ocasión, el cineasta se desprende de la publicidad y firma cuarto cortometrajes para Netflix inspirados en relatos de Roald Dahl.

No es la primera vez que Anderson se aproxima al mundo del escritor británico. Ya lo hizo en su primera cinta animada, la estupenda Fantástico Mr Fox, donde la stop motion le permitía adentrarse en aquella hermosa fábula familiar de animales antropomórficos. Ahora, más de una década después, regresa al universo creativo de Dahl con reverencia y amor a través de una serie de cortometrajes que adaptan algunos de los relatos cortos del escritor para Netflix, en una aventura que suscita no pocas preguntas (¿estos cortos son una reflexión de Anderson sobre el estado de la ficción audiovisual en tiempos del streaming?) y aún más placer cinéfilo. Con la cabeza de cartel (Henry Sugar) avalada por el pasado Festival de Venecia, uno a uno, llegaron a la plataforma norteamericana los cuatro cortometrajes.

La maravillosa historia de Henry Sugar

Puntuación: 5 de 5.

Más allá de inaugurar una serie de cortometrajes de películas-cuento adaptadas de la obra de Roald Dahl, La maravillosa historia de Henry Sugar da continuación a la larga investigación seriada —presente en el recorrido de su filmografía— que ha realizado Wes Anderson a cerca de la artificialidad y la artesanía del cine. En su estética, el cineasta desafía todo que hay de específico en el cine, apropriándose de rasgos característicos de otras artes y caminando en contra del desarrollo del arte cinematográfico propuesto por André Bazin, donde el cine absoluto estaría conectado con la capacidad de ser experienciado como la propia vida. Primero, se aproxima de la literatura, construyendo cada escena de manera que la historia sea completamente narrada por una misma voz, el ser lírico, mismo en los diálogos de distintos personajes. Luego, se aproxima del teatro al dispensar los recursos del montaje cinematográfico y el complejo léxico del lenguaje de planos, prefiriendo escenas largas que comprendan toda la acción en el mismo plano general-americano y transicionando los espacios a través de recursos mecánicos totalmente expuestos a la mirada en cuadro. Por último, se acerca a la pintura al utilizar una puesta en escena chapada, que explora la bidimensionalidad de los escenarios y la perspectiva fuerzada.

En esta fábula moral, Benedict Cumberbatch interpreta al personaje titulo de Henry Sugar, el pseudónimo de un millonario que vive una vida de ocio y adicción a las apuestas, hasta que descubre un libro que enseña una técnica milenaria secreta de cómo ver sin mirar por los ojos. Le acompañan en el reparto Ralph Fiennes, Dev Patel, Ben Kingsley, Richard Ayoade y Jarvis Cocker, todos interpretando múltiples roles en la pelíocula, de un yogui indio al proprio Roald Dahl. Como pasa con la serie de Avatar de James Cameron, la película llama atención para la propia tecnología empleada en su realización, pero al contrario de estas, Wes Anderson no utiliza de grandes innovaciones tecnológicas del cine digital y si emprende una arqueología del hacer cinematográfico, buscando en lo obsoleto de los artificios del cine un nuevo encanto. Rafael Bürger.

El Cisne

Puntuación: 4 de 5.

Wes Anderson parece querer trasladar la propia acción de “contar un cuento” a las posibilidades del audiovisual, a través del cortometraje El Cisne. El corto está basado en otro relato de Roald Dahl, que a su vez estuvo inspirado en un suceso real recogido en un periódico que leyó y, en él, la figura principal es la del narrador, interpretado por Rupert Friend, que nos cuenta la historia de un niño sensible, Peter, que es acosado por otros dos, Ernie y Raymond, tras haber conseguido este primero un rifle por su cumpleaños.

Evidentemente, la idea de reproducir la experiencia de un relato oral en un espacio audiovisual lleva implícita una sensibilidad profundamente literaria, donde la emoción se construye a partir de la narración verbalizada del personaje de Rupert Friend, y no por la dramatización de unos personajes que protagonizan la historia. A medida que el narrador cuenta el relato, los personajes que menciona aparecen por momentos, saliendo de huecos o esquinas del decorado, como si tan sólo fueran elementos formales dentro de la puesta en escena que construye Anderson. Los personajes no hablan, miran a cámara y siempre están en segundo término respecto al narrador, aportando imágenes a su testimonio, pero sin darle matices. Da la sensación de que el director pretendía contar la historia reduciendo los elementos de la misma a su mínima expresión, en búsqueda de la máxima de “contar más con menos”.

Es así como, a medida que Rupert Friend narra la historia, este avanza por los decorados, dentro de una puesta de escena sencilla y esquemática, de forma que atendemos a tres escenarios principales que se corresponden a las “pruebas” por las que los dos acosadores hacen pasar a Peter: caminamos junto al narrador por el campo de trigo en el que el que atrapan a Peter, llegamos hasta las vías del tren donde le atan y terminamos en el estanque donde los acosadores matan a un cisne. Finalmente, se crea un paralelismo entre el niño y dicho cisne, al terminar ambos de forma parecida. Sin embargo, Anderson se las arregla para no mostrar nada. El director solo sugiere a partir de unas imágenes que hacen referencia a lo que se está narrando, sin enseñarlo explícitamente, siendo el propio narrador el que yace en el suelo al final del corto, en lugar de Peter. Carlos Cousillas.

El desratificador

Puntuación: 4 de 5.

Quizá lo más llamativo de este tercer cortometraje es la muestra de aquello que Anderson haría en el género de terror. Como se explica al final, está basado en uno de los relatos cortos que Roald Dahl dedicó a la vida rural y, en concreto, a la figura del cazador de ratas, interpretado por Ralph Fiennes. Este hombre, más roedor que humano tras una vida de «intentar pensar y comportarse como ellas», intentará acabar con un problema de ratas en una pequeña comunidad. «Son muy inteligentes» dice el cazador de ratas, con orgullo. En realidad, habla de sí mismo, de su inteligencia, de su distanciamiento con la sociedad y de su concepción cuasi-monstruosa. El elemento más extraño y misterioso, el que más interrogantes levanta, es la doble actuación de Ralph Fiennes. Como en algunos de los otros cortos, Ralph Fiennes da vida a Roald Dahl que, sentado en su sillón, hace las veces de presentador y comentarista de las historias. ¿La doble actuación del actor británico es signo de un comentario sobre el propio autor en base a sus creaciones? ¿O, como ocurre en el resto de las historias, es solo una forma brechtiana de distanciamiento entre los actores y sus personajes?

En cualquiera de los casos, y como mencionábamos al principio, lo más valioso de este tercer corto es su inmersión en el terreno del terror. Por un breve instante, al final, Wes Anderson empapa la obra de un espíritu vampírico y los planos holandeses aparecen por segunda vez en su obra. Las reminiscencias del expresionismo alemán, siendo Nosferatu es la más obvia, encajan a la perfección con el estilo del director norteamericano; no en vano, como aquellos cineastas, Anderson huye del realismo y se adentra en la forma expresiva de la mano, como decía unos párrafos más arriba Rafael, de los lenguajes del teatro y la pintura. Jorge Sánchez

El Veneno

Puntuación: 3 de 5.

El más clásico de todos los cortometrajes que ha hecho Wes Anderson para Netflix cuenta la historia del ayudante (Dev Patel) de un pro-hombre colonial (Benedict Cumberbatch) que siente cómo una serpiente increíblemente venenosa se duerme en su barriga. La tensión está servida. El suspense reverbera en la única localización (cerrada) donde se desarrolla la historia y que Anderson dobla y desdobla a voluntad para Como en el resto de entregas, el trampantojo y la mentira son el epicentro de la obra. En este caso, todo es fruto de un conflicto que no existe, configurándose así como una obra conscientemente vacía donde las formas de narración se revelan como el principal tema de la película.

Más allá de ese pequeño mcguffin, el cortometraje juega, a diferencia del primero y el tercero, dentro de los límites habituales de la filmografía de Wes Anderson con el aderezo omnipresente del acto narrado, obsesión absoluta de la filmografía del cineasta norteamericano que se ha radicalizado con el paso de los años. Con estos últimos cuatro cortometrajes, Anderson subraya, ante las críticas recibidas de sus dos últimos trabajos, el material del que se hacen sus proyectos y su visión del cine. A saber: antiesencialista, mutante, mestiza, expresiva, antirealista, arte de imagen, de sonidos y de palabras, pero también es un juego (caro y lujoso), un arte chick, quizá vintage, delicado y artesanal. Es una fantasía construida y animada; una fantasía que Wes Anderson gusta de construir y, luego, revelar para que, con la mano tendida, le acompañemos. Disfrutemos. Jorge Sánchez

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