Crítica ‘Fallen Leaves’

Puntuación: 5 de 5.

Galardonada como Gran Premios FIPRESCI a la Mejor Película del Año 2023 por la Federación Internacional de Prensa Cinematográfica Internacional tras su paso por festivales, incluida la Sección Oficial de Cannes, donde se presentó mundialmente y ganó el Premio del Jurado, el último largometraje del finlandés Aki Kaurismäki ha sido uno de los fenómenos críticos más unánimes del año, como lo fue Drive my car hace unos años. Y cabe preguntarse por qué, si estamos ante una de las películas más anacrónicas de los últimos años.

Fallen Leaves está fuera del tiempo. Y en el presente. Por un lado, la historia romántica entre dos trabajadores explotados tiene un carácter abstracto —cinematográfico—, como de otro mundo. Ansa y Holappa viven un amor a pequeña escala y en silencio, de gestos diminutos que resuenan con fuerza. La trama van tan al hueso, sin pirotecnias ni rellenos, que resulta inevitable la desmaterialización del relato. Está tan desubicada del presente que la luz parece alienígena, los espacios y garitos, lynchianos y la comunicación a base de teléfonos de prepago, notas de papel y amigos, cinematográfica. No es difícil ver en Fallen Leaves una película de otra época. Quizá de los 70 u 80, quizá anterior. Por otro, a través de la radio, donde se recuerda como un martillo pilón la Guerra de Ucrania, y a través de la propia realidad laboral de estas dos personas —accidentes laborales, contratos de 0 horas, despidos—, Kaurismäki concretiza la historia en un tiempo y un lugar determinado, en la Finlandia del presente. Estos tirones, perfectamente armonizados, entre lo concreto y lo abstracto, la materia y las ideas otorgan el carácter melancólico y, a la vez, optimista a la cinta; su humanidad. Y no son los únicos: soledad y compañía, cine y realidad, amor y trabajo, emoción y contención, comedia y desolación, humanismo y cinismo.

Aki Kaurismäki demuestra una vez más la maestría narrativa, la depuración que ha alcanzado. Pocos planos más devastadores como la nota de papel siendo arrastrada por el viento, pocas sinécdoques tan claras, sencillas y llenas como un montón de colillas en una puerta o pocos chistes más graciosos que los que se cuentan a la salida del cine. Fallen Leaves no deja de ser una película que se sabe que es película en todo momento; y no lo muestra. Es decir, a diferencia de las obras posmodernas o metamodernas (Gerwig, Tarantino, Coen, Wes Anderson, Moretti) donde el acto de visionado es subrayado por el cineasta, Kaurismäki construye una película clásica donde los únicos subrayados, a lápiz, son las constantes referencias cinéfilas y los largos planos estáticos marca de la casa que pueden revelar el artefacto cinematográfico. En cambio, su historia de amor es tan pura como solo permite el cine, sus giros son tan dramáticamente amplificados como la ficción lo permite, su contención actoral —fantásticos— es más cinematográfica que real, sus luces y encuadres —tan emparentados con la modernidad melodramática de R. W. Fassbinder— alejan a la imagen de la realidad y el tono abstracto inserta a la película en otro registro, quizá más allá de la realidad.

No en vano esta historia es una historia sobre el escapismo, sobre la huida de la realidad a través de diferentes puntos de fuga. En este caso, el amor, al conexión emocional, es la única vía. Ni siquiera el cine es una opción si no estás acompañado. Pero hay que escapar, pues el trabajo no es, ni tiene que ser en un sistema de explotación como el capitalista, el epicentro de la persona. Hay que escapar porque hay guerra en el mundo (?); hay que escapar porque hay mezquinidad; hay que escapar porque el mundo es gris, opresor y, sobre todo, solitario y aislado. Hay que comunicarse porque estamos incomunicados. No está tan alejado de ese espíritu melancólico y a la vez militantemente optimista y esperanzador de Nanni Moretti, pero más direccionado hacia las relaciones románticas como primer eje de cualquier asociación de carácter político, como primer paso hacia una solidaridad colectiva.

Ahora, al levantarse de la butaca y abrir los ojos, cabe preguntarse, por fin, por la unanimidad de su aclamo crítico; por su ubicación política real en el mundo y no quedarse en la aparente; por la ubicación política y temporal real de la crítica cinematográfica y no quedarse en la aparente; por esa recepción si no estuviese firmada por Aki Kaurismäki —un autor de culto cinéfilo desde los años 80—; por esa doble vara de medir que inevitablemente esgrimimos y tratamos de ocultar —esa mirada ingenua a la vida y al escapismo, ese romanticismo o esa planitud y maniqueísmo de los personajes secundarios que tantas veces ponen por tierra otras obras; sí, está narrada como pocas, pero ¿lo que narra está a la altura?—; por qué pasaría si no enarbolase las referencias cinéfilas adecuadas (Bresson, Godard, Chaplin, Jarmusch, David Lean, Ozu)…

Sea como fuere, es una de las pequeñas joyas del año, gracias a, sin desdeñar el magisterio absoluto de Aki Kaurismäki, es una obra que desborda humanidad, que, casi sin quererlo, emociona. Una película que permanece, pues te empapa hasta los huesos. Un vestigio de cuando el cine era un sueño; y una promesa de que, pese a todo, sigue siéndolo.


Título original: Kuolleet Lehdet Duración: 81 min País: Finlandia, Alemania Idioma: Finés, árabe Dirección: Aki Kaurismäki Guion: Aki Kaurismäki Productores: Aki Kaurismäki, Reinhard Brundig, Misha Jaari, Mark Lwoff Fotografía: Timo Salminen Montaje: Samu Heikkilä Música: Pietu Korhonen Intérpretes: Alma Pöysti, Jussi Vatanen, Martti Suosalo, Alina Tomnikov, Janne Hyytiäinen, Sakaria Kuosmanen, Sherwan Haji, Nuppu Koivu, Maria Heiskanen

Sinopsis: Ansa es soltera y vive en Helsinki. Trabaja con un contrato de cero horas en un supermercado, abasteciendo los estantes; luego clasifica el plástico reciclable. Una noche se encuentra accidentalmente con el igualmente solitario trabajador Holappa, un alcohólico. Contra todo pronóstico y malentendidos, intentan construir una relación. Como resultado, Holappa logra controlar su adicción al alcohol.


Avalon

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