Hipnosis (Hypnosen, Ernst De Geer, 2023) – En cartelera
A diferencia del cine de Ruben Östlund, Yorgos Lanthimos u otros enfants terribles que usan un supuesto discurso contra las imposturas e hipocresías sociales para, en el fondo, dar rienda suelta a una misantropía narcisista, en Hipnosis, una de las películas nórdicas recientes que más desapercibidas inmerecidamente han pasado por la cartelera española, Ernst De Geer evita la crueldad y lo hace desde un amor por sus personajes incontestable. Y las citas no son gratuitas: hay algo que recuerda a Canino, igual que a Fuerza mayor, pero con imágenes mucho menos frías y distantes.
La película se centra en una semana de la vida de una pareja que ha montado una start-up para una app de ayuda a la salud femenina en países subdesarrollados es invitada a participar en un evento de aprendizaje y competición; sin embargo, unos días antes Vera (el nombre sutil no es) tiene una sesión de hipnoterapia para dejar de fumar y, durante el evento, empieza a comportarse de forma extraña. Con estas cartas sobre la mesa, el planteamiento es el de siempre: un grupo de personas que se toman muy en serio las normas, los protocolos, los modales y los valores capitalistas chocan contra un alguien que actúa de forma instintiva. Y la comedia y la crítica social surgen de la fricción entre ambas partes.
El debutante Ernst De Geer firma una obra sólida en lo visual y correcta en lo narrativo, pero que destaca por dos motivos: sus actores, tanto Asta Kamma August como Herbert Nordrum, que ofrecen el rostro como el cuerpo para levantar con verosimilitud un mundo donde el ridículo manda; y lo hacen con encanto, con sutileza, con pasión, insuflando mucha humanidad a sus personajes. Y, en segundo lugar, como veníamos diciendo, el inusual humanismo con el que sus guionistas se acercan a una historia cuyo recorrido fácil habría estado marcado por el sadismo hacia sus personajes. Es cierto que es una película que podía arriesgarse más, lanzarse más al barro, pues todavía tiene margen para apretar las tuercas. Y que ese seguramente sea el gran fallo transversal que afecta a toda la obra. Pero, con todo, es una obra muy recomendable que ha tenido un tímido estreno en nuestro país.
Sesión doble: Mi tío (Mon Oncle, Jacques Tati, 1958). Heredero de los grandes cómicos mudos y de toda una tradición teatral y circense, el actor y director francés Jacques Tati hizo carrera (corta, por desgracia) en torno al individuo contra la sociedad, concretamente al hombre sensato frente la modernidad. Y lo hizo desde el gesto actoral antinaturalista, expresivo y heredero del mimo y una imagen estilizada en sus formas. Quizá el mejor ejemplo del equilibrio entre estos dos elementos —Playtime siendo la más abstracta formalmente y Un día de fiesta o Las vacaciones del Sr Houlot se sitúan en el polo opuesto del espectro donde su interpretación lleva el peso de la obra— y un corazón que insufla emoción a la historia es Mi Tío.
Es la historia del sobrino de Hulot. Su padre trabaja en un alto cargo de una fábrica de plástico, por lo que viven en una casa ultramoderna y no puede traer amigos ni divertirse por miedo a romper algo. Y, en este mundo gélido, entra Hulot, con su andar errático y risueño y su casa humilde y desordenada para dar vida a este niño a través de la comedia y del absurdo. Y, aunque siempre usó una brocha gorda heredera de la caricatura para definir personajes y conceptos, nunca hubo un ápice de crueldad en sus imágenes, solo un humanismo de alguien preocupado por la deshumanización progresiva de la sociedad capitalista. Jorge Sánchez.
Horizon: An American Saga – Capítulo 1 (Horizon: An American Saga – Chapter 1, Kevin Costner, 2024) – En cartelera
Horizon marca el regreso del actor y cineasta a la gran pantalla con una ambiciosa epopeya del Oeste. Costner, rememorando sus anteriores westerns como Bailando con lobos y Open Range, intenta capturar una vez más la esencia del género, pero con un enfoque más moderno y una narrativa de múltiples capas. Sin embargo, aunque Horizon tiene momentos de brillantez, sufre de un ritmo irregular y un exceso de ambición que impide que la película alcance su pleno potencial. La sensación de estar viendo un filme pensado como serie es constante. Quizás sea el momento de considerar Horizon como parte de ese mural que el actor de Tombstone ha comenzado a desarrollar.
Uno de los aspectos más destacados de Horizon es su dirección. Costner vuelve a demostrar su amor por los grandes espacios y su maestría en captar la belleza del Oeste americano, algo que se hace evidente en cada una de sus tomas. Es difícil no quedar enamorado de esas montañas, desiertos y llanuras que evocan una sensación épica, sumergiéndonos de nuevo en ese entorno tantas veces recorrido como espectadores. Costner demuestra una vez más su talento para crear imágenes impactantes; sin duda, la cinematografía es una de las fortalezas indiscutibles de la película.
Sin embargo, donde Horizon tropieza es en su narrativa. La película intenta abarcar demasiados temas y arcos argumentales, lo que resulta en una historia que a veces se siente dispersa. Costner aborda cuestiones como la expansión hacia el Oeste, la lucha por la supervivencia y los conflictos entre colonos e indígenas, pero el guion no logra entrelazar estos elementos con excesiva cohesión. Como resultado, la película avanza con un ritmo desigual, con momentos de tensión y drama intercalados con escenas que, en muchas ocasiones, se sienten innecesariamente alargadas.
A pesar de ello, Horizon consigue reconectar con obras como La conquista del Oeste u Horizontes de Grandeza. Costner ofrece una revisión del western desde la épica de los clásicos.
Sesión doble: Buffalo Kids (Buffalo Kids, Pedro Solís y Juan Jesús García Galocha, 2023). «Buffalo Kids» es una película que surge de sus personajes para llevarlos a un terreno tan épico como el lejano Oeste. Los directores retoman a los dos personajes principales del brillante corto de animación «Cuerdas», Mary y Nick, y los llevan a una aventura en mayúsculas, en busca de la identidad de estos maravillosos protagonistas. Justamente, uno de los puntos fuertes de Buffalo Kids es la autenticidad de sus personajes. Sus protagonistas, inspirados en personas reales, captan la esencia de la amistad entre Mary y Nick. Este último, un niño con parálisis cerebral, representa la capacidad del ser humano para incluir en su vida, con total normalidad, a personas con dificultades. Entre los personajes secundarios destaca Pizca, quien aporta frescura y diversión a la historia.
La dirección artística es otra área donde Buffalo Kids brilla. Los directores utilizan un estilo visual luminoso y espectacularmente cromático, que realza los grandes espacios como las llanuras, junto a escenarios icónicos del Oeste: trenes, estaciones, minas, poblados indígenas y fuertes del Séptimo de Caballería. Estos lugares cobran vida junto a personajes arquetípicos del género: el malvado con rostro de Lee Van Cleef, el gran jefe indígena, el coronel del Séptimo de Caballería, los colonos y, por supuesto, ese búfalo con el que Nick muestra un entendimiento especial. Hay un meticuloso estudio visual que vincula sentimentalmente al espectador con todos estos elementos, dotándolos de gran belleza.
Todo ello con un ritmo endiablado, donde la trama no da respiro, creando una alineación total con los espectadores. La banda sonora y el diseño de sonido son espectaculares, ayudando a crear esa atmósfera de las grandes llanuras y de los trenes que circulaban hacia algún lugar perdido en el lejano oeste. Buffalo Kids bebe del espíritu de la animación de Don Bluth y las aventuras de Fievel, transportándonos a un nuevo mundo lleno de aventura y fantasía.
Tanto Horizon y Buffalo Kids redefinen el concepto del «nuevo oeste» en el cine contemporáneo. (En este momento, debería sonar la música de Horizontes de Grandeza para crear un ambiente del Salvaje Oeste). Ambas películas evocan un profundo amor por el eterno género del Western, ese que celebraba las vastas praderas, los grandes espacios, los personajes dignos, la amistad, el compañerismo y los auténticos valores de aquellos valientes que se aventuraban en lo desconocido en busca de un futuro mejor. Aunque abordan historias diferentes, comparten un amor incondicional por las películas del Oeste: mientras que Horizon explora las vastas fronteras del oeste americano con una épica visual, Buffalo Kids se centra en la lucha de sus personajes en un oeste marcado por la aventura. La nostalgia en el cine del oeste se manifiesta de manera distinta en Buffalo Kids y en Horizon , pero en ambas películas este sentimiento juega un papel crucial. Los dos films capturan el espíritu de resiliencia y la búsqueda de identidad en paisajes que, aunque diferentes, comparten un sentido de aislamiento y desafío. Horizon es una epopeya que rinde homenaje a la tradición del western, mientras que Buffalo Kids ofrece una visión más aventurera dentro del género. Juntas, presentan un fascinante diálogo sobre cómo el cine del oeste continúa evolucionando y reflejando las ansiedades y esperanzas de cada generación. Carlos Garries.
The Sweet East (The Sweet East, Sean Price Williams, 2024) – En cartelera
Tras una larga trayectoria como director de fotografía predilecto del cine indie estadounidense, Sean Price Williams presenta su primer trabajo como realizador bajo los auspicios de la Quincena de Realizadores de Cannes y de la sección oficial de la Seminci. Como era de esperar, el director posee una mirada exquisita y plasma, a través de una película en 16 mm llena de texturas, un panorama capaz de encerrar en su campo de visión el núcleo histórico, político y social de su país natal, la costa este estadounidense.
La narración está guiada por la trayectoria de Talia Ryder como Lilian, una joven estudiante de bachillerato que se escapa en medio de un viaje escolar a Washington D.C. con la intención de explorar la costa sin techo, ni ley, más allá de su pequeña ciudad suburbana. Esta odisea está repleta de encuentros con un reparto de estrellas emergentes como Jacob Elordi, Ayo Edebiri, Rish Shah, y caras conocidas de la escena independiente estadounidense como Simon Rex y Jeremy O. Harris. A pesar de la gran calidad del reparto, es Ryder quien hipnotiza y domina por completo la cámara y la atención del espectador en una performance estelar. Con una clara intención satírica, la película se desarrolla a partir de una serie de sketchs metafóricos, a veces evidentes, a veces rotos, de una América contradictoria: todo el mundo está lleno de política y posiciones ideológicas, excepto Lilian (o eso cree ella).
Sesión doble: Frantz (Frantz, François Ozon, 2016). Poco después del final de la Primera Guerra Mundial, una enlutada joven alemana se encuentra con un desconocido francés que visita la tumba de su novio, Frantz, un joven alemán fascinado por la cultura francesa que murió en las trincheras del Frente Occidental. A pesar de la desconfianza inicial y de los misterios que rodean a Adrien, interpretado por el talentoso francés Pierre Niney, éste es acogido por Anna, interpretada por la siempre grácil y arrebatadora Paula Beer, y por los padres de Frantz, deseosos de llenar el vacío dejado por la muerte del personaje homónimo a la película. La cinematografia se distingue por el bello procedimiento de mezclar secuencias en blanco y negro con secuencias en color, sin que ello se convierta en un recurso barato.
A primera vista, es perceptible que Ozon construye escena a escena, a través de los cuerpos de la pareja de actores, una metáfora de las complejas relaciones entre Francia y Alemania en la época contemporánea. Sin embargo, la autoría queer del director crea fisuras en los procesos de significación que abren la lectura de la película a otros territorios, con fronteras menos definidas. Más concretamente, el territorio de los afectos. Anna, Adrien y Frantz comparten un sentimiento que les une, el de sentirse extranjeros en su propia casa y, al mismo tiempo, inadecuados allá donde se muevan. La película se convierte así en un estudio que se interroga sobre la posibilidad de conformar una nacionalidad sin territorio, basada en la pertenencia a un mismo sentimiento de no pertenecer. Rafael Bürger.
Twisters (Lee Isaac Chung, 2024) – En cartelera
Casi treinta años después, Joseph Kosinski, tras la refrescante resaca que supuso para muchos la revitalización de Top Gun, vuelve a la carga como instigador de esta secuela-reboot, también bajo el cobijo de Spielberg y compañía. Y es de justicia destacar que la maniobra, sin llegar al nivel de la secuela protagonizada por Tom Cruise, sí consigue mantenerse en un punto, si no justo, más que digno. La secuela protagonizada por Daisy Edgar-Jones y la que sin duda será la superestrella del futuro Glen Powell (también presente en Top Gun: Maverick) aborda los efectos del trauma cuando su predecesora apenas los exploró. Sin cargar las tintas ni adentrarse en nolanismos, su aportación complementa a la primera entrega y consigue brindarlos un espectáculo que, lejos de la obvia mejora del CGI, sí contiene escenas para el recuerdo hiladas de una forma más esmerada, a través de una relación entre dos personajes protagonistas heridos cuya combinación en pantalla resulta tener, de manera improbable, un toque de otra época. Sin desmerecer la labor (encomiable) del director, hay tras esta película otras fuerzas que se han afanado por traer de vuelta un sabor que, como buenos ciudadanos de Matrix, habíamos olvidado que existía. No es exactamente igual, pero se le parece.
Sesión doble: Twister (Jan de Bont, 1996). Tras el éxito de la nodriza Speed, Jan de Bont sumó fuerzas con la factoría Amblin y llevó a buen término una de las películas de catástrofes idiosincráticas de los noventa, que puso de moda los tornados y dejó el listón muy alto para sus sucesoras inmediatas, Volcano y Un pueblo llamado Dante’s Peak. A pesar de contar con un guion ausente, esta acumulación de momentos trepidantes era, en el fondo, una comedia romántica protagonizada por dos actores secundarios carismáticos en estado de gracia, seguidos de un elenco variopinto, a la postre, conformado por otros intérpretes secundarios sólidos que en el futuro darían mucho de qué hablar. La película es de una sencillez tan apabullante que roza lo trascendental, invitando a los espectadores a un viaje con un fin muy claro, y cuyas etapas son importantes en cuanto al disfrute que proponen sus perpetradores, a saber, vacas volando o la pantalla de un autocine donde proyectan El resplandor hecha añicos por el efecto de un tornado. Una película que ya era ligera en su momento y cuya ligereza cobra, en estos tiempos de sobreexplicaciones, una especial relevancia.
