‘Aída y vuelta’, ‘El Centro (T1)’ y ‘Las habitaciones rojas/Shoah’

Aída y vuelta (Paco León)

En un tiempo de reboots, remakes y «vueltas y regresos», cualquier producto audiovisual del pasado puede ser víctima de esta canibalización del presente corporativo que vivimos. La nostalgia de los recuerdos, el retorno a un supuesto hogar, la Arcadia feliz. Tampoco debe sorprendernos, pues es el mecanismo a través del cual las sitcoms funcionan: la estabilidad, el calor de la hoguera, los personajes ya conocidos, las tramas alocadas en el barrio,… Si Aída y vuelta sorprende es preciamente por su forma de acercarse a dicho mecanismo.

Un letrero inicial nos sitúa en 2018 en un mundo donde la serie no se canceló en 2014 y, para mayor concrección, en la semana de rodaje del último episodio de la temporada, la última en la que estará Carmen Machi. Salvo Ana Polvorosa, que por razones personales decidió no participar del proyecto, todos los intérpretes y parte del equipo técnico (guionistas, arte, etc.) regresan para interpretarse a sí mismos metiéndose en sus respectivos personajes.

Con este desdoblamiento se revelan tres hallazagos:

El primero, la propia vida que recrea el rodaje y producción se convierte en una sitcom en sí misma. La comedia, el tono y el ritmo que caracterizan a la serie se escapa «de la ficción» e inunda todos los entresijos, los actores se reducen hasta convertirse en pinceladas narrativas perfectamente identificables (Carmen Machi solo quiere marcharse, Eduardo Casanova no quiere que se descubra su secreto, Miren Ibarguren quiere triunfar en el cine como Barbara Lennie, etc.), las localizaciones se reducen casi en su totalidad al plató de rodaje, ¡si hasta tiene estrellas invitadas!

El segundo acierto es la honestidad con la que muestra que este reencuetro está motivado (o sustentado) por el deseo a volver a un lugar (los sets) con una gente concreta (los compañeros). Es decir, la nostalgia que venden no es por unos personajes, sino por personajes. Aquello que en otros reencuentros puede subyacer, aquí se hace tema como parte de su reivindicación de la risa como aglutinador social.

Y la tercera pepita de oro es la permeabilidad que tienen para introducir situaciones de la realidad en la ficción.

Todo esto no quita para que no haya problemas: el estancamiento de algunas tramas y la poca explotación de algunos secundarios (Pepe Viyuela, Secun de la Rosa, ¡Óscar Reyes, por favor!), su aventura superficial en ciertos temas controvertidos, el epílogo final,… No es una película perfecta, pero es el mejor de los reencuentros.

El centro T1 (David Moreno)

Reseña de cortesía, pues descubro con retraso esta serie española de 2025. Estrenada casi de tapadillo el 9 de octubre, su publicidad ha girado en torno a uno de los elementos más sorpresivos de su contexto: la colaboración con el CNI para la producción de la serie en calidad de consultores, siendo la primera ficción audiovisual en conseguirlo. Esto debería servir más para arquear las cejas que para rendirnos y se quedaría en una mera curiosidad, si no fuese porque la serie sorprende en otras muchas facetas.

Para empezar, su estilo narrativo sobrio y verosímil. Esta serie de espías no tiene disparos (o no muchos) ni persecuciones. Es una serie de despachos, de funcionarios y periodistas, de diálogos susurrados y acciones pequeñas cuyas consecuencias son, sin embargo, enormes.

Podríamos seguir con su piloto, que arriesga al presentarse casi como una instancia delante separada sin que todos los jugadores o cartas estén aún en posición de partida o con un desarrollo coral y un plantel de secundario considerable teniendo en cuenta lo corto de su recorrido (seis episodios de 50 minutos). Cierto es que ese desarrollo, poco a poco, vuelve al cauce de las convenciones y a terrenos más «cinematográficos», en lo que podría considerarse el mayor lastre en cuanto a la narrativa se refiere.

Seguramente el apartado menos sorpresivo es el artístico: Juan Diego Botto, Israel Elejalde, Tristán Ulloa, Elena Martín, Nacho Sánchez, Elisabeth Casanovas… Sin que ninguno dé su do de pecho, aportan un notable nivel del que no todas las series pueden presumir. De entre todos ellos —pues así está diseñado, como contrapunto—, destacan un divertidísimo David Lorente.

Pero volviendo a las sorpresas agradables: David Ulloa navega con inteligencia la «marca Movistar» con una narración depurada, austera en su planificación y con una gran apuesta emocional en el corte. El tono serio y administrativo se da la mano con la paleta gris y rectilínea, la cámara siempre en movimiento y con tendencia a «mirar» por encima de hombros, objetos, puertas y ventanas trasladan los nervios y a un espectador operando desde lo prohibido, y el corte precipita a cada plano al vacío, como si de una partida de ajedrez se tratase.

Por todo ello, hay que celebrar que existan una clase media de series como esta: intrigante, irregular, coral, arriesgada en algunos aspectos, sobria, con grandes actores, una puesta en escena inteligente y una escritura madura.

Las habitaciones rojas (Pascal Plante) / Shoah (Claude Lanzmann)

Llega a Filmin, tras su estreno directo en Movistar, Las habitaciones rojas, película de premisa sencilla y consecuencias culturalmente hondas. La última película del canadiense combina dos géneros tan cinematográficos como el judicial como el terror voyerista.

Kelly-Anne hace cola para asistir como público a un juicio. No habla mucho. En la cola conoce a otra joven. Ambas asisten por motivos distintos: si bien la supuesta inocencia de Ludovik Chevalier, acusado de secuestrar, torturar y asesinar a jóvenes mujeres mientras retransmitía por streaming el proceso en la dark web en las llamadas habitaciones rojas, la obsesión de Kelly-Anne es de otro calado y que no desvelaremos aquí, pues su descubrimiento es uno de los pilares del suspense de la obra.

La batalla cultural de fondo no es otra que el papel de las imágenes en la sociedad contemporánea; imágenes que generan ficción, fantasías, cámaras de eco, utopías, distopías; imágenes impulsadas por la anhedonia depresiva, por el zapping (ahora llamado doomscrolling), por la capacidad de sentir.

Y estamos hablando de esta película en 2026, porque, más allá de su discreto estreno directo y la pertinente reivindicación como una de las grandes obras de terror de la década, sino porque el mismo día que Shoah, el magno documental del Claude Lanzmann, se estrene como parte de la reciente apuesta Filmin Picks y junto a varios documentales que rodean su rodaje.

Shoah, con sus ocho horas de imágenes de testimonios de supervivientes del Holocausto, es una de las grandes cinematográficas en evitar el debate sobre las imágenes de la crueldad y apostar por una teología iconoclasta de la imagen donde la palabra es intrínsecamente superior a la imagen, a la que se acusa de férrea y poco evocadora y, por extensión, mercantilista.

Que estas dos películas lleguen a la vez a la plataforma verde nos permiten hacer una breve historia del debate y agradecer que en plena era de las redes sociales el debate sea más serio, laico y alejado de presupuestos para-religiosos.

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