Festival de San Sebastián (II)

In My Father’s Room (Maha Harada)

La primera imagen de la cinta es un cenital sobre la mancha uniforme del té en su cuenco. Un pensamiento: Rothko. A los pocos instantes descubrimos que la protagonista es vigilante de sala en un museo con un padre muerto. Unas escenas después, se explicita que la obra cumbre de dicho museo es un Rothko. Sirva esta breve anécdota para ilustrar no tanto la predectibilidad, sino que esta ha encontrado un caldo de cultivo estimulante, capaz de aunar lo contemporáneo americano con lo tradicional japonés, desde una idea formal basada en la contemplación cuidadosa como vía para ascender a la belleza.

In My Father’s Room es una película sobre los pequeños detalles de la vida que se ve desbordada por un exceso de grandes gestos: los flashbacks protagonizados por el padre solo explicitan una ausencia que tomaba perfecta forma a través del fuera de campo. La ruptura de puntos de vista para ver “la historia” de la madre o del dependiente de la tienda de antigüedades redunda en la idea anterior y, además, resta protagonismo a su personaje principal que, como consecuencia, se ve abocada a un pequeño rincón de la habitación. La dificultad que tiene para cerrar la película. Una planificación algo dubitativa, con cortes y cambios de ángulo continuos que tampoco dejar ver que su tema sea contado a través de sus imágenes, sino que parece más bien jugar la representar aquello que se supone “un plano japonés” significa en Europa. La propia vinculación entre Rothko y los cuencos tampoco termina por explorarse. Todo ello se acumula en una película que sí tiene pequeños gestos y detalles, algunos planos bellos y momentos emotivos y divertidos, pero que nunca logran trascender al cómo está contada la historia.

Solo una escena parece salvarse de todo esto, al menos a primera vista. En un flashback, el padre realiza una ceremonia del té, en la calle, ficticia. Esa escena, que luego no tiene correlación en el presente, sí logra captura la complejidad de las cosas sencillas, pues te ríes al ver los transeúntes, te interesas al ver a un hombre hacer algo con conocimiento y te emocionas al ver que dicha rutina, como el cuenco, está llena de una sencilla y compleja belleza.

Hamala Gau (Oskar Alegría)

Un organista y un cineasta hablan en la oscuridad; el músico sentado frente al instrumento, el director, tras la cámara, le avisa: no va a ver la película, sino que se la va a imaginar desde sus instrucciones. Así comienza una visita guiada, estructurada en 14 episodios (14 lunas, 14 apóstoles), para indagar en la obra y pensamiento del escultor Jorge Oteiza.

Cada episodio busca un matiz nuevo sobre el escultor poeta en base a un concepto escogido por el director, un conocido o amigo se relaciona con su obra, el organista compone a las órdenes de Alegría.

Oskar Alegría, como ya había transitado anteriormente, busca disociar imagen y sonido con una narración en off continua que sirva de aglutinante para que ese retrato pueda surgir de los huecos entre medias; sin embargo, dicha narración termina inundando las grietas y espesando en exceso. De esta manera, la evocación es texto dicho y visto, la ausencia, presencia y el fuera de campo es grabado y narrado.

El resultado es una suerte de broma privada culterana: tendrá sentido y será gracioso para aquel que conozca los códigos, pero puede llegar a ser hostil e incomoda para aquellos, la gran mayoría que no. Como me encuentro entre estos últimos, tampoco pretendo ser taxativo: ojalá leerla en el futuro con otras gafas.

La Belle Année (Angelica Ruffier)

Empecemos por el final: esto es un documental. Un documental dirigido y protagonizado por Angelica Ruffier sobre el proceso de limpieza posterior a la muerte de su padre y la enfermedad de su abuelo; en ese proceso, descubre sus diarios de infancia y adolescencia donde confiesa su enamoramiento de su profesora de Historia durante el último curso de bachiller. Es decir, un documental sobre su pasado y su presente, pero sobre aquello, material y fantasía, que la constituye.

Por tanto, la afirmación «esto es un documental» es estimulante. Durante gran parte de la cinta estaba convencido de estar ante una autoficción, es decir, una película guionizada y escrita desde la ficción para hacer justicia a una verdad personal. La manera en que está rodada —más cercano al cine realista que al propio documental, salvo en los últimos minutos de metraje— y las distintas incursiones en la propia fantasía desdibujan qué constituye la realidad y qué no; y, sin embargo, el último tercio despeja cualquier duda y toma una de las decisiones más valientes —por vulnerables y expuestas— que hemos visto en el festival.

Por tanto, quizá esta reseña se quede corta a la hora de pensar esta película, pues no deja de proponer preguntas sin respuesta sobre el estatuto de la imagen, de su veracidad y de su carácter eminente cinematográfico.

Krux (Tony Vahl)

En una de las primeras escenas, la imagen de la novia de la muerte se hace literal al cumplir el ultimo deseo de un soldado de casarse con su prometida. Un casco sobre un cojín le acompaña en el altar. Estamos en una pequeña aldea de la Alemania Oriental durante los estertores de Segunda Guerra Mundial.

Krux puede leerse como una relectura macabra, como de un Haneke aspiracional, de películas recientes europeas como Vermiglio, donde el realismo europeo se mezcla con cierto pictoricismo en relatos corales. La muerte y la alucinación van adquiriendo peso de forma gradual, sin entrar en excesos, para, eso sí, ir poco a poco empujando los límites de lo macabro. Rodada con calma y corrección y escrita con no poco ingenio (la escaleta es tan orgánica como visible), logra que las imágenes bellas de luz tenue y tamizada entren en estrecha relación con ese fuera de campo narrativo que amenaza sin y con una violencia que comienza sutil, hecha de palabras, llega a límites grotescos. Como la parábola de la rana que se cuece, poco a poco, en la olla, es una metáfora no muy sutil —mi propia referencia a la parábola tampoco pretender ser sutil—sobre el auge de la ultraderecha actual.

La cinta tiene sus limitaciones (unas escenas de carácter simbólico que explicitan el subtexto, sus temas apenas adquieren desarrollo, unos personajes un tanto arquetípicos y planos), pero ha sido una de las sorpresas de esta Sección Oficial al convertirse en una de las experiencias más incómodas y estomagantes [sendas calificaciones positivas] del festival.

Deja un comentario