Ella es una actriz de larga trayectoria. Él, un historiador. Ella está en Madrid de visita tras su paso por un festival de cine francés. Él tiene una beca para su tesis y se pasa los días en la biblioteca del Reina Sofía estudiando la obra de Juan Bialet Massé. Dos argentinos se encuentran por casualidad en el museo. Una persecución incómoda. Un café. Esta coincidencia lleva a una conversación y, luego, a otra, y a otra, y a otra. Charlan sobre arte, sobre Bialet Massé, sobre cine, sobre política. Conversaciones románticas en cafés de diseño, en parques, en Lavapiés, en la playa de Barcelona. Y, finalmente, se separan.
A veces me entra tristeza, otras veces rebelión pertenece a ese subgénero de películas sobre encuentros fulgurantes, de intensidad límite, de relaciones platónicas tan transformadoras como breves. En algún punto entre el Richard Linklater de Antes del amanecer y el cine de Eric Rohmer, María Aparicio —de apenas 34 años y ya ha firmando su cuarto largometraje— levanta una película delicada, pequeña y ligera sin que ello comprometa la hondura, la complejidad, el compromiso político o la accesibilidad. Es una obra conversacional, donde la palabra —bien en off, bien dialogada— adquiere un peso fundamental. Hay reflexiones políticas o estéticas que se hacen en voz alta que luego tendrán resonancia en las imágenes finales; sin embargo, esto no resta subtexto, pues aquello que dicen no es lo importante. En el fondo se trata de hablar, de encontrarse, de poner en escena dicha conexión: el triunfo del lenguaje como acto político —al contrario de lo que ocurría con la modernidad cinematográfica, donde se ponía en escena el fracaso del lenguaje.
En una de las escenas más explícitas, Eva confronta a Dante sobre la motivación de su tesis —sobre el Informe sobre el estado de las clases obreras en Argentina de Juan Bialet Massé de 1904—, o dicho de otro modo, sobre su encaje en el mundo contemporáneo. De esta manera, Aparicio, con apenas pulsar una tecla, deja al descubierto la falta de vasos comunicantes entre la academia y el mundo real, la dificultad para generar sentido de clase en un mundo atomizado y globalizado o la incapaz de la Historia para erigirse como ciencia objetiva y no como relato identitario. Pero estas reflexiones verbalizadas no sepultan el subtexto, sino que lo alimentan, generando capas sobre capas. No en vano, las propias imágenes muestran dicha evolución de una manera independiente a las palabras. Se trata de poner en escena el encuentro.
Hay algo eminentemente platónico en ello. Ya desde el propio nombre del protagonista, Dante, que rememora al poeta renacentista en una doble vía: por un lado, conoce a su Beatriz, representación del ideal de belleza metafísica. Ella viene del cine, está formada por imágenes y toma cuerpo para, luego, desaparecer y volver al territorio imaginado tras haberle transformado. Siempre delimitado en un territorio platónico, casi intelectual, despojado de cualquier insinuación romántica o sexual. Y, por otro, la evocación de la Divina Comedia en su estructura de búsqueda, en sus viajes físicos de trascendencia simbólica.
Las citas a Rohmer y a Linklater no vienen en vano. También podríamos añadir Hong Sangsoo y, en el ámbito nacional, a Pablo Llorca. Todos ellos, cada uno en su estilo, son cineastas que comparten la preocupacion por cómo filmar la palabra, bien para comunicarse o lo contrario; el deseo de captar lo real, aunque ello implique una imagen menos cinematográfica; y una tendencia a amateurizar las producciones, es decir, a convertirlas en algo menos material y más pasional.
El cine amateur, como ya hemos propugnado en alguna ocasión, no es aquel hecho por novatos o desprofesionalizado, sino aquel que se sustenta en la necesidad vital de filmar, aquel que irradia su pasión por el cine más allá de sus condiciones materiales. Es un cine hecho con lo que se puede. No quiere decir que sean películas al margen de la industria —Linklater hace tiempo que abandonó dicho barco, Hong Sangsoo y Eric Rohmer han tenido una mínima solvencia industrial y mucha presencia en festivales—, sino, más bien, que no pueden acceder a más presupuesto o reducen su participación industrial al mínimo para explotar sus libertades formales, temáticas y estructurales.
El caso de A veces me entra tristeza, otras veces rebelión es paradigmático, pues, no solo sus formas responden a las de este cine, sus propios protagonistas son cineastas amateur: Dante, en potencia, pues su arco dramático discurre por estos cauces y Eva en faceta de directora de cortometrajes. La propia Madrid —sus calles, sus parques, sus museos— está filmada con respeto por la geografía real y permitiendo que la vida cotidiana entre al cuadro a través de extras, luces, edificios y sonidos imprevistos, reconocibles en el día a día madrileño. Haciendo visible lo invisible, haciendo emerger la poesía de aquellos lugares que transitamos, desde los cuales podemos hacer comunidad. El máximo exponente de esto es cómo terminan de dar un espacio visual a un persona que, inicialmente, aparece como mención de diálogo: la mujer que canta cerca del Palacio Real. En los primeros compases de su encuentro, Eva le pregunta a Dante si la ha visto, a lo que responde que no, pues apenas sale de su zona; finalmente, Dante entrevistará a dicha mujer, dándole cuerpo y voz. Más evidente no podría ser el mensaje, pero Aparicio no lo subraya, lo deja entrar en la película con sutileza, gracia y naturalidad.
La principal crítica a la contra que se podría pensar sería su exceso de romanticismo, en el sentido estético del término, algo compartido con todo el cine amateur. En el caso concreto de la película de Aparicio, el romanticismo surge de una idealización del día a día. Todo es perfecto: leen en el parque, conversan de arte, política y la vida y Madrid está limpio. Existe una clara proyección de una ideología, quizá eminentemente poética, más que una correspondencia con la realidad. Y tiene sentido dentro del cine que pretende hacer Aparicio, pero uno no se deja de preguntar que, si dicho romanticismo, que es un movimiento en contra del lenguaje, de la palabra y de lo común desde sus inicios históricos, atrofia no pocos vasos comunicantes en el plano temático y estético. La gran pregunta es: ¿se podría hacer esta película sin caer en el romanticismo? Quizá no. Quizá está mejor que así sea, que esté atravesada por la contradicción. Aporta humanidad. Es una obra triste, pero también optimista.
Pocas películas recientes han sabido capturar el sentimiento esencial de nuestra época: el desarraigo nacional, el cansancio laboral, la individualización, el ensimismamiento, la precariedad, la falta de tiempo, la falta de espacios no mercantilizados, las cámaras de eco andantes. Lo captan en su tristeza, pero evitando las nostalgias de falsas épocas doradas. Lo reflejan en su desesperación, al tiempo que vislumbran la luz de futuro. Y lo plasman —menos películas aún lo han hecho; De repente de Ryusuke Hamaguchi es una de ellas— con la ligereza y la accesibilidad de María Aparicio.
Por último, una virtud poco habitual: como ocurre con Dante, la cinta anima a coger una cámara y grabar. Con una finalidad política directa (dar testimonio estén atravesadas por los conflictos humanos actuales), pero también una indirecta: hay que desplegar imágenes generadas desde abajo, que se basen en la poesía cotidiana. Sin importar la calidad —esa herramienta de control sociocultural—, sin importar quién la haga. Cualquiera. Solo hay que elevar la mirada a la categoría de cultura. Dicho de otro modo: devolver al pueblo la cultura popular, la capacidad para crearla. Matar la condescendencia de la industria, enaltecer la cultura amateur.
Título original: A veces me entra tristeza, otras veces rebelión Duración: 96 min País: Argentina, España Idioma: Español Dirección: María Aparicio Guion: María Aparicio Productores: Alicia Albares, María Aparicio, Ana María Apontes, Ana Camacho, Al Díaz, Rodrigo Guerrero, Giovanni Maccelli, Juanjo Moscardó Rius, Alfonso Palazón Meseguer, Ramiro Sonzini, Bea Villar Fotografía: Ezequiel Salinas Montaje: Ramiro Sonzini Intérpretes: Eva Bianco, Roger Koza
Sinopsis: Eva está de paso por Madrid. Allí pasa los días en soledad: no conoce a nadie y tampoco tiene mucha predisposición para vincularse con extraños. La ciudad es entonces un lugar desconocido por donde ella se desplaza sin rumbo y con la curiosidad adormecida. Pero una tarde, en una sala del Museo Reina Sofía, un hombre se acerca a ella. Su nombre es Dante y es un historiador argentino que se encuentra en Madrid realizando una investigación sobre Juan Bialet Massé y las luchas obreras de su país.
