Black Phone

Ficha técnica:

Título original:

The Black Phone

Directora: Scott Derrickson

Duración: 100 min

País: Estados Unidos

Idioma: Inglés

Intérpretes: Ethan Hawke,

Mason Thames, Madeleine

McGraw, Jeremy Davies,

James Ransone, E. Roger

Mitchell, Andrew Farmer

Universal Pictures Spain

Sinopsis: En una ciudad de Colorado, en los años 70, un enmascarado secuestra a Finney Shaw, un chico tímido e inteligente de 13 años, y le encierra en un sótano insonorizado donde de nada sirven sus gritos. Cuando un teléfono roto y sin conexión empieza a sonar, Finney descubre que a través de él puede oír las voces de las anteriores víctimas…

Crítica:

Por Judith Pérez y Jorge Sánchez

En Un pequeño mundo, la directora Laura Wandel ponía en primer plano la violencia de un patio de colegio, antesala del mundo real. La pequeña protagonista descubre que el mundo es una jungla donde te pisas o te pisan, donde los adultos no te ayudan y donde la empatía brilla por su ausencia. Es, por tanto, un relato sobre la maduración y la primera emancipación en la infancia. «Cuanta más sangre, mejor. El mensaje queda más claro» dice Robin Arellano a Finney, el protagonista de Black Phone interpretado magistralmente por Mason Thames, mientras se limpia los nudillos de la pelea que tuvo con un bully antes del colegio.

La vuelta al terror de Scott Derrickson, tras su aventura en Marvel, narra ese mismo empoderamiento de la infancia contra el mundo adulto, pero se sitúa después del trauma. Los personajes ya viven en el desencanto, ya han perdido la inocencia, y deberán rebelarse contra ese mundo. «Si no juegas, no puede ganar» se dice en la cinta, referenciando la dinámica dominador-dominado que parece regir el mundo. De esta forma, se erige la dialéctica entre el protagonista, ayudado por el resto de niños de la película, contra El Captor, que se erige como un personaje que trasciende lo humano. Ethan Hawke y Scott Derrickson crean un papel sin dar explicaciones de quién es ni sus motivaciones —no se busca hacer pedagogía de la psicopatía ni alcanzar lo sublime a través de lo macabro—, aproximándose a lo sobrenatural por encima del asesino realista. Lo más cercano a una explicación es la relación que mantiene El Captor con el teléfono negro, que parece esconder un pasado traumático y no muy distinto al de Finney (una vía interesante para la interpretación es observar la película desde el punto de vista de las nuevas masculinidades y la ruptura de ciertos prejuicios heteropatriarcales). Estamos ante la representación del Mal en estado puro —idea apoyada en la propia actuación, escalofriante, en la puesta en escena que acentúa la incertidumbre, ¡y en las máscaras!—, pero un Mal que sangra, que duerme y que falla. Un Mal humano; o lo humano del Mal.

Un universo y una temática muy Stephen King —el relato en que se basa está escrito por su hijo, Joe Hill—, pero que, en el caso de la cinta que hoy nos ocupa, también tiene algo de terapéutico. Durante la promoción de la película, el director de Dr. Strange (2016) ha mencionado Los 400 golpes (1957) de François Truffaut como referencia directa, no tanto por —aunque también— su crítica a la ruptura generacional, sino por el hecho de exorcizar algunos de los fantasmas del pasado. El director, que creció en el estado de Colorado en los 70, localización geográfica y temporal de la película, sufrió una infancia bastante violenta —a eso se suman la gran cantidad de casos de secuestros y asesinatos de niños que hubo en los 70s y 80s en Estados Unidos. Black Phone se hace eco, principalmente, de la violencia doméstica (física y psicológica) y del bullying, pero también del desamparo y la soledad —la cinta se construye en gran medida en planos individuales de los niños, evitando los conjuntos; y el uso del espacio no hace sino reincidir en esta idea— a los que se ven sometidas las víctimas. Por ello, éstas son el principio y el fin de la obra, con la ayuda al necesitado como uno de los temas fundamentales.

Pero también es un ritual de iniciación. La macabra teatralidad de El Captor (¡las máscaras!) y la propia estructura sádica —a base de dar esperanzas al protagonista para truncarlas unos instantes después— de la cinta desvelan el carácter mágico con el que se piensa la propia película. Por ponerlo de otra forma, Scott Derrickson busca crear el trauma a través del cual los niños y los adultos puedan empoderarse, invitando al espectador a que recorra, de forma metafórica, el camino que recorren Finney y su hermana Gwen. Una idea que continúa presente en la filmación de los sueños premonitorios de esta última —una increíble Madeleine McGraw, que es capaz de sacar una sonrisa de esperanza en los momentos más oscuros— que Derrickson rueda con apariencia de Super 8; es decir, el cine, las imágenes, una puerta a otro tiempo (pasado, presente, futuro o inventado). De la misma forma que el teléfono negro —en su versión sonora como en la visual— sirve, a través del fantástico, como elemento constructor de la memoria y del pasado. Ideas que ya estaban presentes en Sinister (2012) y que vuelven a resonar con fuerza en el imaginario del director norteamericano.

Y todo esto ocurre en una obra en la que «no pasa nada», al menos de forma explícita. La mayor parte de la cinta se construye sobre los intentos de huida frustrados, pero en ningún momento se muestra ningún tipo de violencia física sobre él, solo las promesas de un futuro oscuro; incluso en dos de los tres secuestros Derrickson funde a negro antes de que cualquier acción ocurra, salvo en el del protagonista, donde una puesta en escena agresiva transmite la ansiedad de la lucha, pero controlando qué se ve y qué no. Como decíamos, la víctima es el principio y el fin de la obra y la ayuda como principio fundamental; de esta manera, se muestra exclusivamente el camino de superación personal, no otros elementos donde el morbo entra el juego. No obstante, el manejo narrativo del cineasta y su equipo permite que el espectador nunca caiga en ese pequeño detalle: todo está en su mente, gracias a una lograda atmósfera malsana, retorcida y claustrofóbica. Desde el uso de la música hasta las angulaciones de la cámara, la precisión y la personalidad de la puesta en escena de Scott Derrickson están al servicio de un suspense in crescendo donde el peligro potencial y la esperanza preparan un cóctel explosivo que culmina en un último tramo asfixiante.

Black Phone, bajo la disfrutable máscara de homenaje nostálgico a la década de los 70 y su cine, se encuentra una película que no solo advierte del lado oscuro del pasado, sino también construye un siniestro relato, de tintes mágicos, sobre la violencia y la asistencia al necesitado. Scott Derrickson regresa tanto a su infancia como al imaginario de Sinister, aligerando su discurso sobre el poder de las imágenes, pero, a cambio, entregando una obra mucho más lúdica y esperanzadora. El cineasta norteamericano ha vuelto a demostrar que está aquí para quedarse.

Universal Pictures Spain

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