Atlàntida Film Fest 2022 (II)

La edición presencial en Mallorca concluyó el pasado domingo, con Softie de Samuel Theis (de la que hablaremos en el próximo artículo) y Soul of Beast como las grandes ganadoras de la competición; sin embargo, la programación de la edición online del Atlántida Film Fest continúa disponible hasta el próximo 25 de agosto y, por tanto, nosotros continuamos repasando aquellos títulos que más nos gustan; hoy, con especial atención a la sección oficial a concurso.

Bruno Reidal , confesión de un asesino (Vincent Le Port)

A pesar de las grandes diferencias (temporales, de su relación con la realidad, de contexto temporal, de puesta en escena y estéticas), Bruno Reidal, confesión de un asesino se asemeja en gran medida a Joker (Todd Phillips, 2019), narrando con empatía la historia de dos sociópatas desde su punto de vista. En una retrospectiva escrita demandada por unos médicos que buscan comprender sus actos, el joven seminarista Bruno les cuenta diversos episodios que construyen su personalidad. La película francesa se hace incómoda por su violencia y naturaleza cruel, en particular por su relación con la infancia. Ambas cintas tratan de comprender a un sociópata como una víctima de su contexto. En el caso de Arthur Fleck, una dura infancia, un desorden neurológico, la miseria y el abandono por parte de los servicios sociales conforman su personaje; en el de Bruno, también está condicionado por la pobreza, pero sobre todo por ser víctima de abusos sexuales en su niñez. El resultado final es, sin embargo, completamente diferente. En la obra de DC no sólo se consigue empatía, sino que gran parte del público se puso de parte del villano, ansiando su venganza contra una sociedad que le maltrataba; en el caso del seminarista asesino, se realiza un análisis que desentraña los detonantes contextuales, pero sin eximirle de sus actos ni justificar su comportamiento. María Valdizán Cuende.

Farha (Darin J. Sallam)

Basada en hechos reales, la cineasta jordana Darin J Sallam, cuenta la historia de Farha una adolescente de 14 años cuyos sueños de futuro se ven truncados y convertidos en cenizas en mayo de 1948, con el inicio de la guerra entre Israel y Palestina. Es la historia, por tanto, de una de las primeras refugiadas palestinas. Luego vendrían miles más.

La vocación humanista es clara; es el relato de sufrimiento y deshumanización de los civiles en los conflictos armados, de lo autodestructivo el enfrentamiento. No obstante, al introducir a la protagonista en un espacio cerrado durante la mayor parte de la cinta —como es la despensa donde queda encerrada—, la película se convierte en un ejercicio de estilo, cuyo resultado notable no es tan sofisticado como la premisa; algo que terminará opacando el desarrollo temático de la obra, que se queda algo corto. Sí caben destacar, sin embargo, dos cuestiones temáticas: por un lado, cómo la cineasta juego con lo que significa cada espacio: la yuxtaposición de apenas tres espacios —los columpios del exterior donde se despliegan sus sueños de futuro en los primeros instantes de la cinta, la despensa y el pueblo en cenizas que vemos en el tramo final— se corresponde con los deseos y sentimientos de la protagonista, o, de la misma forma, el espacio familiar pasa de ser el lugar del que escapar en tiempos de paz (Farha quiere irse a estudiar a la ciudad) al último refugio durante una guerra, una evolución que nos habla de “lo importante” de la vida. Por otro, la voluntad política de la cineasta, denunciando el papel responsable de los líderes de Occidente en un momento donde el conflicto se está intensificando. El resultado final es una película tensa y valiente, una película que sirve de recuerdo. Jorge Sánchez.

Jusqu’ici tout va (Francesc Cuéllar)

En su debut como director cinematográfico, Francesc Cuéllar realiza una reflexión en torno a las contradicciones, desnudando sus pensamientos a través de un guion que se ve claramente influenciado por su experiencia teatral. El actor y director (también dentro de la propia ficción) construye su discurso en torno a un diálogo sobre la honestidad con su actriz principal, que le comunica su decisión de no hacer una escena de desnudo. Francesc Cuéllar filma un autorretrato donde trata una cuestión generacional, la necesidad de reconocimiento y la huida de la mediocridad que acaban suplantando una primera intención sincera en la creación y practica artística. En ese autorretrato reside el interés y también lo problemática de la obra, donde en su desarrollo prima la experiencia masculina frente al conflicto y emociones del personaje femenino. Bajo esta premisa, el diálogo se adentra en la ética profesional dentro del campo artístico, pero sobre todo, incide en la cuestión del consentimiento y el empoderamiento a través de los límites «el sí te compromete, el no te define». Se trata de una cinta con grandes interpretaciones en la que el cineasta reflexiona sobre su hipocresía, su egoísmo, sus inseguridades y sus aspiraciones, reflejo de una sociedad (y generación) obsesionada con la productividad. María Valdizán Cuende.

La colina donde rugen las leonas (Luàna Bajrami)

Luàna Bajrami hace un debut impresionante con apenas 18 años, aprovechando su experiencia interpretativa en la construcción de un relato con tres protagonistas femeninas. Tres jóvenes, Qe, Li y Jeta, ven pasar el verano esperando las listas de acceso a la universidad, siendo esta la única esperanza de escapar de su pueblo en Kosovo. Sus sueños de huida se personifican en la breve estancia de una chica francesa (la propia Bajrami) que veranea en su pueblo y que no es capaz de valorar su libertad y sus privilegios. Ante una situación sin salida, las chicas deciden convertirse en una banda criminal, robando dinero, joyas y otros caprichos, hasta llegar a comprarse un Jaguar; el disfrute y el desenfreno es el único consuelo que encuentran. La cinta en ocasiones resulta demasiado desdibujada, con un relato realista, crudo y desesperanzador, no consiguiendo suficiente madurez en todo su conjunto. Sin embargo, también nos regala hermosos planos, a la vez que descorazonadores, como aquel en el que Qe vuelve a casa para darle algo de dinero a su familia. A pesar de su juventud, la directora logra un relato emotivo que demuestra un gran potencial, en especial desde el desarrollo emocional de sus personajes. María Valdizán Cuende.

Magnetic Beats (Vicent Maël Cardona)

Quizás los personajes no tengan toda la profundidad y que se queden en la estructura de su esqueleto, que su composición pueda ser totalmente reconocible, que su estilismo este próximo a la puesta en escena de estos tiempos (salvo las impactantes escenas de creación musical en el estudio de grabación), pero de lo que no hay duda es que el film me sumergió en los ochenta que muchos vivimos. Y parece mentira la similitud entre el periodo vivido entre dos países como Francia y España en el inicio del decenio sobrevalorado. La victoria de los partidos Socialistas en ambos países (en el 81 Mitterand y en el 82 de Felipe González) transmitían una alegría de haber vencido las izquierdas obreras a ese Status Quo conservador para dar paso a la esperanza de crear una sociedad mejor. Pero las similitudes no acaban ahí: más de un boomer de los que transitan todavía por este mundo recordará también la creación de aquellas emisoras de radio, piratas o municipales, donde la imaginación era el único límite. Más de uno emitía música a través de los radiocasete grabados donde podían aparecer conciertos de unos primerizos U2 tocando «Walk on the Wilde Side» o participar en aquellas fiestas salvajes con una china escondida en el bolsillo. Unas sociedades donde existía el servicio militar obligatorio, donde los jóvenes se volvían hombres por arte de gracia a los 19 años. Vicent Maël Cardona logra transmitir la tonalidad de ese periodo apoyado en la banda sonora de unos incunables como Joy División o Iggy Pop.

Volver a esos momentos optimistas donde todavía éramos vírgenes política, cultural y socialmente hablando, en comparación con el estado actual donde el pesimismo, la decepción y el desengaño que inunda nuestra sociedad, es un ejercicio de entonación nostálgica en busca de un vestigio libertario envuelto en el añorado espíritu de la Nouvelle Vague. Porque Bob Marley sigue viviendo entre nosotros. Carlos Garries.

Other people (Aleksandra Terpinska)

¿A quién no podría interesar una premisa que mezcla un musical que rompe la cuarta pared con el trap y un Jesucristo moderno con gorra de espinas? Desde luego, esa premisa y su desarrollo son lo más interesante de la cinta, hasta el punto de que son capaces de sostenerla por sí solos, porque, por desgracia, el resto no acompaña con tanta fuerza. Con un aire al tono y al mensaje sobre la falta de empatía en la sociedad contemporánea Undergods de Chino Moya —pero sin la parte de ciencia ficción distópica ni la estructura de historias dentro de historias—, la paleta de colores casi exclusivamente gris nos muestra un mundo frío, egoísta y vil, una sociedad donde la homofobia, el racismo, el machismo y el clasismo campan a sus anchas y donde las artes (ese álbum que es más una idea que un sueño) —y, por tanto, la vida— no pueden prosperar. El principal inconveniente es que solo los trigger warnings del inicio y el carácter grotesco y satírico hacen intuir en qué dirección se quiere mover la directora, Aleksandra Terpinska, porque el resto de la cinta, en ese ímpetu rabioso, resulta confuso en sus temas, en las acciones de sus personajes e incluso, en su contexto social. Quizá simplemente se trate de una obra que no viaje más allá de sus propias fronteras. En cualquier caso, su compromiso musical, su ritmo inexorable y su puesta en escena de acuerdo con su faceta sonora hacen de la obra una experiencia más que satisfactoria, aunque sea en un nivel superficial. Jorge Sánchez.

Rihno (Oleg Sentsov)

La película se abre con un primer plano de un girasol, quizá la única cosa bella que aparezca como tal en la cinta, que acto seguido será destrozado gratuitamente por Vova, aún niño. De esta forma, se presentan, por un lado, el tema: la violencia (inherente); y, por otro, la estética: cruda, tosca y definitivamente no bella. La cinta narra el auge y caída de un hombre violento en la línea de las películas de la mafia de Martin Scorsese. Es una película sólida que apuesta todas sus fichas a esta historia de auge y caída, narrada por el propio protagonista de forma que el relato va y viene y el cineasta puede jugar con las elipsis temporales. Una historia que en ningún momento pretende ser nueva —o, al menos, no a nivel estructural; quizá sí, si atendemos a elementos específicos y factores contextuales—, pero sólida, en gran parte por la actuación lacónica, capaz de encajar todos los golpes cuando necesita encajar golpes y de explotar cuando necesita explotar. Oleg Senstov no se corta a la hora de mostrar la crudeza de la violencia, hasta convertirse en el motor principal del relato, algo que hace que, en última instancia, la película se haga monóntona. Más interesante se vuelve cuanto más muestra su trasfondo político, ya sea en sus comentarios sobre los políticos y los policías («ayer quemaban gente viva en la calle, hoy son políticos») o en ese plano secuencia al comienzo de la cinta por el cual vemos su vida, la de su familia y la evolución política de la URSS y, posteriormente, de Ucrania desde que Vova es niño hasta que su juventud. Sin embargo, esto queda opacado -al menos si no tienes mucho contexto sociopolítico del lugar y del momento, como es el caso- por la (decente) historia de autodestrucción. Jorge Sánchez.

Runner (Andrius Blazevicius)

Si en La Fractura, Catherine Corsini hacia un diagnóstico de la salud de las democracias representativas, oprimidas por el apremiante capitalismo, desde una planta de Urgencias de un hospital parisino, en Runner encontramos lo contrario el recorrido ansioso de una mujer buscando a su novio, que padece bipolaridad, por diferentes espacios sociales. La academia/educación, sanidad pública (desbordada), la pareja y la familia; todos ellos contaminados por la celeridad contemporánea, por la ansiedad social, por la liquidez de un mundo en constante cambio. En esa línea, se abren dos espitas temáticas: en primer lugar, las enfermedades mentales (ansiedad, trastorno bipolar) y su estigmatización en una sociedad que es, cada día, un ecosistema más fértil para su aparición; y, en segundo, los cuidados —siempre en manos de una mujer, ya sea joven, de mediana edad o anciana— como epicentro del sistema. Es una película frenética, de cámara en mano y no dar ningún respiro al espectador en sus 92 minutos de duración.

No obstante, aquello que la diferencia de otras propuestas similares son esos pequeños running gags, omnipresentes, de cierto aire surrealista. Es decir, la constante presencia del bulldog que se acerca cariñoso a la protagonista y de los militares no afectan en ningún momento al desarrollo de la trama ni siquiera parecen aportar al contexto (sería una forma un poco burda de decir que el capitalismo está sustentado en la sangre) y solo parecen adquirir un sentido en el plano final —que, inevitablemente, recuerda en el tono al final de Las Margaritas de Vera Chitylová—; eso sí, un sentido abierto a la interpretación. Una de las más notables entregas de la Sección Oficial de esta edición del festival mallorquín. Jorge Sánchez.

The Soul of Beast (Lorenzo Metz)

The Soul of beast es como el viaje sensorial de un samurái suizo junto a un niño que tiene una jirafa daliniana amarrada en la puerta del baile. Así de surrealista y onírica es la nueva propuesta del director suizo Lorenzo Metz, una coming of age donde las emociones se imponen a cualquier tipo de convención narrativa, siendo más próximo su lenguaje narrativo a la tendencia marcada por Gaspar Noé.

Una historia de “amour fou» que camina en paralelo entre el enamoramiento del protagonista, Jamie, de la enigmática Zoé, y la responsabilidad de ser padre de un niño de 4 años. Pero bajo esa coraza de un nuevo folletín turco, nos encontramos ante un viaje lisérgico próximo a las experiencias del cine de Terry Gilliam, e incluso, a las de un Oliver Stone de su siempre reivindicable, The Doors (1991). Todo ello bien envuelto en esos nuevos apocalipsis sociales de revueltas marcados por series como Mr. Robot o el mundo anárquico de la saga The Purge, referentes desde los que se dibuja la leyenda de este samurái y su hijo, caminando entre intensas y bellas imágenes surrealistas con una utilización de una cámara que se introducirá en la mente de cada uno de sus hipnóticos personajes.

Mertz es también el responsable de la fotografía del film, por lo que el mundo visual en el que nos envuelve tiene una personalidad propia que camina en un realismo mágico tenebroso. Es capaz de crear auténticos lienzos ante los cuales el espectador caerá totalmente seducido. Habrá que estar atento a la próxima obra del director suizo. Carlos Garries.

Una Femmina: código de silencio (Francesco Costabile)

La Ndrangheta calabresa ha impuesto, por derecho propio, su propio lenguaje en el mundo cinematográfico. Atrás queda la mitificación de la mafia Siciliana, donde sus protagonistas son más héroes que asesinos, aproximándose más al cine que ya marcaba Luis Buñuel con su obra maestra Los Olvidados (1950).

Desde aquellas primeras aproximaciones en Gomorra (Mateo Garrone, 2008) hasta las más recientes Pirañas: Los niños de la camorra (2019) de Claudio Giovannesi (con guión de Roberto Sabiano), Para Chiara (2022) de Jonas Carpignano y ahora el film de Francesco Costabile, Una Femmina: código de silencio, sus directores se enfrentan a las historias de la mafia calabresa desde un punto de vista más cercano al neorrealismo italiano: respiran verdad, pero, muchas veces, desde una vanguardia cinematográfica.

Podemos considerar a “Una Femmina” como la otra realidad que vivía la protagonista de Para Chiara, donde aquel mundo oculto de falsa felicidad que se podía vivir en las ciudades se convierte en el silencio, el horror y la asfixia en ese otro mundo que es el rural. Un pequeño mundo de opresión donde Rosa (una increíble interpretación de Lina Siciliano) se revelara contra la violencia y coacción a la que es sometida. Y, como en el resto de películas que hablan sobre la Ndrangheta, su puesta en escena es brillante, próxima a lo onírico a través de diferentes técnicas ópticas, dobles exposiciones y el juego con el enfoque que causarán en el espectador la sensación de vivir en un mundo de terror difuminado e irreal dentro de la cotidianeidad del día a día. Simplemente magnífica. Carlos Garries.

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