Nop

Ficha técnica:

Título original:

Nope

Director: Jordan Peele

Duración: 132 min

País: Estados Unidos

Idioma: Inglés

Intérpretes: Daniel Kaluuya,

Keke Palmer, Brandon Perea,

Steven Yeun, Terry Notary,

Donna Mills, Michael Wincott,

Barbie Ferreira.

Universal Pictures Spain

Sinopsis: Dos residentes de un remoto pueblo en el interior de California realizan un descubrimiento tan insólito como escalofriante…

Crítica:

Hay algo inherentemente protestante en Nop, el tercer largometraje que dirige Jordan Peele tras Déjame Salir (2017) y Nosotros (2019). La película narra los intentos de dos hermanos, OJ (impertérrito Daniel Kaluuya) y Emmerald (carismática Keke Palmer), herederos del jockey que Muybridge utilizó para sus experimentos fotográficos que precedieron a la invención del cine y dueños de un negocio que proporciona caballos para su uso en películas y series, de aprehender en imágenes un extraño fenómeno que asola su rancho. Estamos, por tanto, ante una obra metacinematográfica; una película sobre Hollywood, pero también sobre las imágenes y la mirada.

A diferencia de sus trabajos previos (incluido el guión para el remake de Candyman que dirigiría Nia Costa) y entroncando con su labor en el (fallido) relanzamiento de The Twilight Zone, el cineasta norteamericano se aleja del terror que le había hecho famoso para adentrarse en la ciencia ficción, el suspense y el western. Se mantiene, eso sí, la voluntad discursiva clara y contundente en torno a la cuestión racial, aunque no se muestre tan evidente como en sus películas anteriores.

Nop es una película sobre las imágenes, sobre la mirada y sobre Hollywood, como apuntaba unas líneas más arriba; en concreto, el cineasta no busca otra cosa que intentar combatir un estatus de lo audiovisual tradicionalmente racista a través de su deconstrucción y dar, a través del espectáculo (recordemos que esta película ya no es «indie», es un blockbuster hasta la médula), una nueva imagen. En primer lugar, y la más interesante, está el revisionismo histórico al que somete a la mirada del espectador, pues la remonta a los mismos orígenes, tanto en la referencia a Muybridge (que dentro de la película se transforma en poco más que un eslogan de marketing) como en el artefacto fotográfico de feria que será clave en el tercer acto, como en la amenaza que asola el cañón de Agua Dulce, que no deja de ser una cámara oscura, el interior de un cinematógrafo —y sobre esta imagen se sobreimpresionan los créditos. En segundo lugar, la estrecha relación del séptimo arte con el capitalismo (la relación que se triangula entre lo cinematográfico, lo capitalista y el western es una de las vetas más brillantes y, tristemente, inexploradas de esta película) y su incapacidad para separarse del espectáculo, pues, incluso su faceta más espiritual, encarnada en un director de fotografía al que da vida Michael Wincott (modelado como si fuese el hijo cinematográfico de Terrence Malick y Jean Painlevé), no es muy distinta de la avaricia económica que se apodera de los dos protagonistas, de la persona anónima en moto (representante de Internet y las redes sociales) y del personaje interpretado por Steven Yeun. Por último, la dimensión política de la mirada.

Y la postura de Jordan Peele en esta última faceta es problemática y anticuada en comparación con otras obras sobre la mirada recientes, como Under the skin (Jonathan Glazer, 2013), The Batman (Matt Reeves, 2022) o Retrato de una mujer en llamas (Céline Sciamma, 2019). Quedémonos con esta última —aunque un análisis comparativo entre la del realizador británico y Nop podría ser una mina interesante que explorar. Para Peele, y aquí es donde se rastrean sus influencias caducadas, la mirada es algo dominador, subyugante; para Sciamma, es algo mucho más complejo, pero que, sin lugar a dudas, no tiene ese carácter negativo e individualista. Si me permitís la digresión, en una de las escenas iniciales de Nop se dice «No lo mires a los ojos». Esa frase se pronuncia en el contexto de una charla de seguridad para el trabajo con caballos en el set de rodaje, pero se convertirá en el pilar fundamental para el desarrollo de la película —y de la críptica actuación de Daniel Kaluuya— hasta el punto de inspirar el título de la cinta. En la película francesa, la modelo interpretada por Adele Haenel responde «Si tú me miras, ¿a quién miro yo?». Con esa frase Sciamma desmonta aquello que propone Peele. Si para el director norteamericano la mirada es algo combativo, es animal, es agresividad, es dominio (la masculinidad saliendo a relucir), para la realizadora de Petite Maman la mirada es amor, es deseo, es expresión, es social, es igualdad, y todo ello sin perder su carácter político.

Es este tratamiento, prohibitivo e iconoclasta, de la mirada lo que lo enraiza, junto con la tendencia a la palabra y al relato, en detrimento de las imágenes, de Peele (que es guionista antes que director) con el protestantismo y la Contrarreforma. El cisma que se produjo en el cristianismo al inicio de la edad Moderna tenía como telón de fondo una luchar por el poder y una de las batallas más importantes se libró en los territorios de la estética: frente al uso identificativo, realista y espectacular de las imágenes católicas (que llevaron al Barroco mediterráneo), los protestantes, en sus diferentes doctrinas, decidieron combatir esas ideas a través de la prohibición de la representación de temas religiosos, que solo podrían ser abordados desde la palabra. Pero también está presente en la reflexión (¿la acusación?) sobre la responsabilidad del espectador (¿merecemos lo imposible?), como engranaje que sustenta todo el sistema (¿el pecado?) al consumir esas imágenes. Al mirar. Una idea que le emparenta con Michael Haneke y Funny Games, tanto en su versión austríaca original de 1997 como en su vil autoremake de 2009. El realizador no replica literalmente esas ideas (que no dejan de ser las mismas ideas que pensaron y modernizaron Walter Benjamin, Theodor Adorno y el resto de la Escuela de Frankfurt), pues, a la prohibición —los mejores minutos de la cinta son aquellos momentos en los que se juega con las sinécdoques visuales, con aquello que se ve y con aquello que se oculta, con aquello que se entreve y aquello a lo que solo alcanzamos a intuir—, se suma la creación de una nueva imagen. Como la Teoría Crítica, Peele busca generar una espectador activo, un espectador que sepa combatir las imágenes no solo a través de la no-mirada y de la palabra, sino, dado el caso, a través de la creación de nuevas imágenes. La conquista de los diferentes espacios estéticos y sociales a través del uso propio del poder dominador de la mirada: quizá, por eso, sea su película más rabiosa; una rabia que conecta con el movimiento Black Lives Matter y las imágenes que lo representaron. Pero, por encima de todas las cosas, está hablando de sí mismo y de su papel como cineasta afroamericano en el Hollywood actual. Por decirlo de otro modo, Nop es un «no mires esa película, mira la mía» con justificaciones teóricas, intelectuales y morales.

Todas estas nociones encajan a martillazos en la historia: están ahí, desde luego, pero no se desarrollan de forma orgánica; algunas apenas están anunciadas, otras aparecen en contradicción y unas pocas resultan reiterativas. En Nop, quizá por el peso de sus ambiciones y pese a sus postulados sobre la nueva imagen, Jordan Peele —como sus propios personajes, marcados todos por traumas—, está anclado al pasado, teórica y formalmente. Los referentes que busca imitar, deconstruir o conquistar—la ciencia ficción de los 50 y el western clásico— terminan apoderándose del relato hasta el punto que la puesta en escena tienen un regusto neoclásico. Los planos medios siempre centrados contrastan con los grandes planos generales que reafirman el carácter western de la cinta. Jordan Peele está lejos de M. Night Shyamalan, Alfred Hitchock o Steven Spielberg, por continuar con los referentes que ha manejado la crítica, pero es un director que sabe lo que quiere. Así, entrega escenas terroríficas, jumpscares, momentos humorísticos, homenajes e, incluso, algún plano espectacular; un todo que no termina de funcionar como tal, sino más bien como una yuxtaposición de sus partes; algo que importará poco al que quiera disfrutar de una película de suspense con ovnis sin escarbar demasiado, quién sí se encontrará con una cinta tan atractiva y disfrutable como irregular; y, por ello, tan difícil de etiquetar como estimulante. Sin embargo, el gran pecado de Peele es que se queda en la promesa mesiánica —recordemos que es el único director de Hollywood con la capacidad de «arrasar» en taquilla con guiones originales, por tanto, con la capacidad divina para la creación— del regreso sin haber realizado ningún milagro, no ofrece esa nueva imagen más allá de la mera existencia de la cinta. Y es un avance importante, pero no es lo que la ambición del cineasta promete. Poco a poco, Peele, que no eres el único cineasta afroamericano trabajando en Hollywood. Ni el primero.

Universal Pictures Spain

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