Como decíamos ayer, la cultura occidental hunde sus raíces históricas en dos imaginarios: la tradición oral y las religiones de libro. Cinco lobitos, de Alauda Ruiz de Azúa, se acercaba a la experiencia occidental de la maternidad desde esa tradición oral, desde esas cadenas de información transmitidas de madres a hijas. También daba algunos apuntes sobre la maternidad católica, pero se inscribía, ya desde el título, en una cultura más personal y maleable, alejándose de experiencias religiosas y acercándose a las humanas. Salve María, tercer largometraje de Mar Coll, navega en el lado opuesto del espectro.
María es una periodista y escritora que acaba de tener un hijo. Agotada y presa del miedo a no estar a la altura, empieza a obsesionarse con un cercano caso de infanticidio, donde una madre ahogó a sus dos hijos en una bañera. María es una madre arrepentida. Laura Weissmahr, en su primer papel protagonista en cine, da un do de pecho para dar vida a esa mujer en un bucle de autodestrucción, cansancio y sacrificios. Sus ojos que revelan un cansancio existencial, su cuerpo derruido por golpes invisibles y el vómito y, sobre todo, su capacidad para mostrar con su cuerpo aquello que la protagonista es incapaz de verbalizar y, por tanto, de hacer presente. Weissmahr y Coll no se cortan a la hora de llevar al límite a esta mujer.
Mar Coll y Valentina Viso adaptan la novela «Las madres no» de Katixa Agirre en un cuento de terror macabro; un relato mítico, que bien podría estar sacado de la Biblia, para dar una de las visiones más oscuras sobre la maternidad que se han dado desde el auge de las ficciones. No en vano, ya desde el título y el propio nombre de la protagonista, hay una intencionalidad de enfrentarse con los valores que representa la Virgen María. Sus representaciones decoran el fondo de muchos de los planos, observando a la protagonista, rodeándola y juzgándola. No solo desarrollan un modelo de maternidad alternativo, construido como un reflejo oscuro e invertido, sino que lo hacen en los mismos términos que la religión católica: culpa y sacrificio. Sufrimiento por los pecados cometidos. María vive un calvario, es una mártir, una santa.
María es también aquello que se le negó a la Virgen: una mujer creadora. Si bien incapaz de crear ex nihilo, sí es una escritora que quiere volver a crear, no ser un lienzo en blanco. A medida que el conflicto interior crezca, su inspiración vuelve y así la literatura, la realidad y la alucinación propia del estado mental alterado se retroalimentan. Lo subjetivo y lo objetivo se cofunden, donde no importa demasiado qué es qué, pues todo forma parte de lo mismo. Pero, en cualquier caso, no es una creación limpia y divina, virginal; sino que se escribe con sangre, sudor y mastitis. Y aquí nos referimos tanto al acto «tradicionalmente milagroso» del parto y el nacimiento de vida como a la creación artística.
La realizadora catalana consigue un extraño equilibrio entre la vocación de ser un relato mítico/ejemplarizante y la amoralidad de una película, que nunca juzga a su protagonista ni aporta ninguna moraleja, solo expone el dolor de su protagonista que puede ser el dolor de muchas. El uso de parte de la iconografía cristiana y de sus formas narrativas responde más al hecho de dinamitar ciertos los cimientos de conceptos asentados durante siglos en nuestra cultura —ahora, meros ecos; ajenos a cualquier religión de base—y poder abrir la mirada a una experiencia humana más diversa y matizada.
Mar Coll, que hasta ahora (y saltándonos sus trabajos televisivos), se había decantado por un naturalismo digital, donde la intervención de la realización (cámara, actores, música) era mínima, ha dado el salto a algo distinto. Rodada en celuloide y con unos componentes claros del terror psicológico de Roman Polanski o del Hitchcock de Vértigo o Los pájaros, imprime a la película un realismo cinematográfico oscuro. Todo es real y todo es sueño. La luz y el color oprimen y quitan la intensidad vital al mundo, los espacios —incluso los abiertos— no ofrecen escapatoria y la música de Zeltia, heredera de una película-hermana como es Que nadie duerma, evita cualquier tipo de sutileza y aporta la épica religiosa a la película. Porque estamos ante un relato que se sabe relato. Las citas a autoras que abren cada capítulo (y la propia estructura capitular) son solo el inicio de una estética de vocación mítica. Nunca revela el artificio, pero siempre permanece la sensación de realidad desviada.
Es en el epílogo donde incurre —o no— en una pequeña contradicción: la necesidad de clausura de la obra termina por imponer un final para algo que, como verbaliza la protagonista, no lo tiene. La realidad termina imponiéndose sobre el mito y, sinceramente, nos alegramos. A veces, la trascendencia no está en lo desconocido o lo sobrenatural, sino en una estación de tren. La mayor parte del tiempo ni siquiera la necesitamos.
Salve María es una película dura, angustiosa. Y a la vez con una extraña luz. Llega hasta el hueso y permanece junto a él. La música sigue. El cuervo sigue. Los ojos siguen. Laura sigue. Nosotros seguimos.
Título original: Salve María Duración: 111 min País: España Idioma: Catalán, español Dirección: Mar Coll Guion: Mar Coll, Valentina Viso. Novela: Katixa Agirre Productores: Sergi Casamitjana, Carmen Garrido Vacas, Conxa Orea, Oriol Sala-Patau, Aintza Serra, María Zamora Fotografía: Nilo Mur Montaje: Aina Calleja Cortés Música: Zeltia Montes Intérpretes: Laura Weissmahr, Oriol Pla, Giannina Fruttero, Karim Belayane, Sam Avtaev, Belén Cruz, Oscar Walls
Sinopsis: María, escritora y madre primeriza, está obsesionada con un escandaloso incidente: Alice ahogó a sus mellizos de diez meses en la bañera. María solo podrá comprender la intensa experiencia de su propia maternidad escribiendo sobre Alice.
