‘El Agente Secreto’, ‘¡La Novia!’ y ‘Little Amélie’

El Agente Secreto (Kleber Mendoça Filho)

Hablemos de El Agente Secreto. La película de Kleber Mendoça Filho ha arrasado con todos los espectros de la crítica mundial, multipremiada en su paso por festivales, favorita en muchas entregas de premios, nominadísima en los Oscar, bendecida por NEON… Toda esta alfombra roja sirve para subrayar la aparente unanimidad en su recepción. Resulta, como poco, sorprendente. Si miramos la filmografía previa de Mendoça Filho, o incluso las películas brasileñas de largo recorrido internacional, es difícil encontrar esta uniformidad. Tampoco es que no nos alegremos, sino que me genera dudas. Más dudas que se suman a las que ya debería generar de por sí una película diseñada para ser líquida y, por tanto, multiforme.

El Agente Secreto se construye —pues se construye ella misma, de mil maneras distintas— por acumulación de detalles y capas, desde la estructura narrativa y desde la profundidad de campo. El presente y el pasado, las imágenes grabadas, el sonido registrado, la imagen imaginada, el sonido evocado; los rostros, la diversidad de rostros y colores frente a la gris fotocopia del periódico, la música, la voz y el ruido frente a la línea de pixeles de su digitalización.

El pasado se disuelve en su propio recuerdo, en su propio contexto y en su propia Historia. La oralidad comparte realidad con el cine, los relatos oficiales y los periodísticos. El resultado es una obra extrañada, como los tiempos que se vivieron durante la dictadura militar en Brasil, que vivimos ahora.

Quizá sea la mejor película de Kleber Mendoça Filho. El director brasileño alcanza, por fin, esa sensación que solo las grandes obras provocan: todo encaja en su sitio. O, desde luego, nada parece fuera de lugar, y, al volver a ella, es inagotable, llena de detalles, de quiebros y de evasiones. Como el rostro del sicario, como la fiesta de los exiliados, como los desvíos pulp, como el trabajado contexto histórico y cinéfilo. Ni siquiera la actuación de Wagner Moura, que ha recibido casi toda la atención como rostro internacional de la cinta, llega a sobresalir sobre el conjunto. Todo está en su justa medida. Y todo se desvanece cuando se intenta analizarlo, recordarlo.

Entonces, la gran pregunta que tenemos que hacernos al salir de la sala es: ¿quién es el agente secreto del título? ¿Dónde está la disidencia?

¡La Novia! (Maggie Gyllenhaal)

¡La Novia! es una decepción. Una parte de la culpa recae sobre mi (mis expectativas, mi problema), pero hay una parte que se encuentra en la propia película: Maggie Gyllenhaal promete, a lo largo del metraje, hacer una serie de comentarios/expresiones sobre la actualidad feminista, sobre el cuerpo, sobre las mujeres olvidadas, sobre el amor romántico, sobre el concepto de monstruo. Sobre muchos temas. Demasiados. Se acumulan sin desarrollo ni concierto. Enunciados, nunca llegan a traspasar la frontera de la estricta superficialidad. En paralelo, la directora quiere hacer una gamberrada, no tomarse en serio a sí misma, reírse, follar y adentrarse en lo grotesco sin más pretensión que romperlo todo y pasar un buen rato. Estas dos líneas no llegan nunca a abrazarse. Su aparato formal tampoco termina de decidirse entre la autoimportancia de imágenes herederas de Joker (mismo director de fotografía, misma compositora, misma Warner) y la autoparodia posmoderna donde las referencias sirven para construir un chiste sobre sí mismo. Decididamente amorfa, irregular, cosida y sobredimensionada, merece, sin embargo, una recomendación.

Con todo, es una de las pocas obras que ha podido aportar una idea al mito de Frankenstein en vez de tomarlas prestadas: el monstruo como visagra, sexo como portal, la ficción como puente. Gyllenhaal dibuja a sus personajes y a su entorno, el Estados Unidos de los años 30 —el Estados Unidos cinematográfico—, en continuos umbrales, siempre entre dos mundos. No literalmente, pues esta idea no tiene traslación visual, solo es un breve apunte estructural que tampoco termina de explotar. Pero volvemos al mito diferentes y estos fantasmas condenados a vagar nos recuerdan que la Historia está viva. Y busca venganza.

Como sus protagonistas, ¡La Novia!, de tanto disparar en todas direcciones, termina agujereada, truncando demasiado pronto una (posible) vida nueva al mito. Sin que eso quite, claro, las risas y el disfrute que a veces puede encontrarse por el camino.

Little Amélie (Mailys Vallade, Liane-Cho Han Jin Kuang)

Basada en La metafísica de los tubos —bonito título el original que aquí desplazado al subtítulo en favor de la enunciación ¿en inglés? de su protagonista—, libro de autoficción que aún no he leído y espero tener pronto el placer de hacerlo, sobre el nacimiento y primeros años de su autora, Amélie Nothomb.

Como buena historia de orígenes, una voz en off (el Verbo, la Palabra) conduce la narración. Esa narración la domina una niña, Amélie, y lo hace con inteligencia, alejándose de las representaciones condescendientes de los niños, y no sin cierta filosofía. Cabe reseñar la ironía: Amélie no tiene casi diálogos. Todo lo conocemos a través de su pensamiento y sus acciones, es decir, su capacidad reflexiva y su expresión no verbal adquieren el peso mientras la forma de expresión habitual, la oral, queda relegada a una estricta ausencia.

Esa narración tiene su contrapunto en la animación. De la misma manera que el diálogo desparece en favor de una (auto)narración y de unos gestos, las formas apuestan todo a la plasticidad de sus formas. Sin línea, construidas desde las formas de colores planos. Este estilo, entre lo ingenuo y lo sencillo, esconde las contradicciones y respuestas que esconde la cinta: por un lado, recuperar cierta tradición de animación y el cómic infantil y, por otro, navega aguas puramente pictóricas (impresionismo, expresionismo, fauvismo).

Una película esencialmente sobre ponerse en el lugar del otro, de valorarle, de entender su inteligencia y no menospreciar su experiencias vitales; sobre la comunicación y sus obstáculos. Una fábula sobre la complejidad de los cuentos, de los cuentos infantiles, de los cuentos adultos; sobre la complejidad de la vida y de sus experiencias. Una autoficción audiovisual en el más puro de los sentidos, donde su esencia queda reducida al mínimo: las acciones del yo (gestos) y las narraciones del yo (voz en off). Y por el camino nos recuerda que otro cine infantil es posible, que otra animación es posible, que los otros son posibles.

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