Club Kid (Jordan Firstman)
Vamos a quitárnoslo del pecho: Club Kid tiene dos problemas y medio. El primero es que hace trampas al solitario queriendo vender un proceso de maduración de un hombre que vive de fiesta en fiesta, de droga en droga en Nueva York, cuando se ve en la obligación de hacerse cargo de su hijo biológico, que había vivido sin notificar en Reino Unido en los últimos años. Ese proceso de maduración dura una escena, aunque la película nos quiera vender un proceso. Lo que sí es un proceso es el fortalecimiento de la relación paternofilial (¿cómo no iba a serlo si los dos son adorables y no hay ningún conflicto entre ellos?).
El segundo problema es precisamente el final, donde se reiteran escenas de Peter llorando con el fin último de que el espectador se identifique. Y es una pena, pues la situación era lo suficientemente conmovedora como para no necesitarse ese subrayado; además, las partes cómicas sí las habían llevado con ingenio y delicadeza y esos últimos minutos se sienten como una rendición. El último «problemilla» es que su estructura deambula por lugares comunes de las películas comfort, salvo el último acto que busca la alegría amarga, llegando a forzar el propio relato para acomodarlo a la estructura.
Más allá de eso, la película se mantiene como una gran comedia capaz de adentrarse en registros oscuros de humor al tiempo que no abandona ni el espíritu bondadoso, alejado de cinismos, ni su voluntad para adentrarse en temas complejos y salir bien parado de todo ello. Esa fina línea tonal, unida con una correcta realización —entre la herencia de moda de John Cassavettes, las formas comunes de A24 y Gregg Araki— y al carisma de los actores, termina por hacer de la película una experiencia, cuanto menos, divertida y entretenida.
Viendo la reacción de mi pase, va a ser una película a la que no le falten apóstoles defensores. Bien está que así sea. Ojalá la ola aguante y nos arrastre en el futuro.
La Perra (Dominga Sotomayor)
Con Silvia, de rictus bressoniano, nos adentramos en una isla de la costa chilena. Trabaja recuperando algas del mar. Adopta una cachorra huérfana, presuponemos de la perra que abre la película en mitad del océano, rescatada por unos pescadores, a la que tratará como a la hija que nunca tuvo. Desde cachorra, Yuri se mostró curiosa y reacia a quedarse en un mismo lugar. Cuando crece, los presagios se cumplen y desaparece; en ese dolor el recuerdo del pasado que ha marcado su carácter cobra cuerpo de nuevo.
No hay que pensar tampoco en una obra psicologista que caiga en las tentaciones (sobre)explicar a su personaje principal. Con una estructura como la propia Yuri, libre, con momentos llenos de entusiasmo, color y movimiento —y todo lo contrario—, la obra se ve mejor cuanto más nos abstraemos y nos olvidamos de lo concreto. Dominga Sotomayor construye desde la propia asociación de imágenes/escenas/tiempos y, sobre todo, desde el silencio. No hay explicaciones, tampoco se sigue siempre una lógica causa-efecto. Más bien, como si de un cuadro se tratara, necesitamos alejarnos para, desde ahí, ver colores y formas que, disfrazados de acciones, cuenten un relato.
De esta manera, se erige una de las películas más enigmáticas de este festival. Ese tipo de película de la que sientes, no necesariamente por su complejidad, pero sí por cómo se articulan. Como diremos más abajo: «Toda explicación consiste en infligir una herida a algo». También uno de los relatos más únicos y oscuros sobre la maternidad. Habrá que volver sobre ella con más calma.
Sants (Mikel Gurrea)
Cuando su madre enferma gravemente, Lali, una curranta de baja estofa, decide entrar en una banda de ladrones de imaginería religiosa para sacar dinero. Poco argumento más tiene, más allá del desarrollo de una ligera subtrama con la lideresa de banda a medida que ésta crece; y este es el principal escollo al que nos enfrentamos tras este primer visionado: las dudas sobre la historia son palpables, pues no terminan de haber un fondo ni una estructura (que tampoco se construye por la vía de la abstracción) que esté a la altura de sus aciertos. Pues, cuando acierta, Mikel Gurrea vuelve a demostrar con su segunda película que es uno de los grandes talentos emergentes del cine español.
Y acierta mucho en los apartados formales. Su puesta en escena es, de largo, lo más interesante, aunque su montaje tampoco hay que desdeñarlo (con el asterisco que deja la estructura de la cinta). Sin ambages, esta película es la mejor fotografiada de la Sección Oficial. No lo es por construirse a modo de tableaux vivant, como ocurría en Growth of the Soil, sino por su tratamiento de la luz. Esta es una película sobre luces y sombras contada desde la propia sombra, una película donde los matices que la historia no tiene, se muestran sus luces.
Uno de los primeros planos vemos a cuatro cíclopes, con las linternas frontales a modos de ojos, avanzar en mitad de la noche por un campo de cultivo. Más adelante, vemos a Lali practicar equilibrios a la hora del amanecer en contraluz. En los últimos instantes, estamos a plena luz del día. Entre estos tres instantes hay una infinidad de imágenes impactantes, cuando no sencillamente bellas, que buscan contar una historia con la luz; estampas que guardarse. De esta manera, Julián Elizalde, que ya trabajó con Gurrea en Suro, ha firmado dos de las obras más interesantes, visualmente hablando, de este festival: Lejos de los árboles, donde la penumbra y las luces matizadas por brumas y nieblas también forman parte fundamental de la cinta, y Sants.
El fantasma (Ignacio Masllorens & David Lamelas)
David Lamelas, (video)artista de la escena argentina de los 60s, recibe el encargo de hacer un documental en para recuperar la obra de su gran amigo y compañero Rubén Santantonín para una exposición. Las productoras, para «controlarlo», deciden hacer de Lamelas el protagonista del vídeo y lo que era un documental se convierte en una película de detectives a través de capas narrativas que se multiplican. El desaparecido inicial, Rubén Santantonín, desaparece en su propio video y queda desplazado por el propio David Lamelas y ese vídeo que nunca llega a completarse. Este subrayado del proceso frente a la obra, del acto de contar frente al libro, lo perfectible frente a lo perfecto, el futuro frente al presente.
No debería extrañarnos: está producida por El Pampero y somos conscientes de la querencia que han demostrado por los laberintos, las desapariciones, los fantasmas, los relatos, las historias que encierran historias, los cajones olvidados y las espirales. El Fantasma de Ignacio Masllorens y David Lamelas hace honor a dicha tradición, si bien es capaz de canalizarlo bajo una mirada propia donde la sátira y el humor adquieren un mayor cuerpo hasta convertirse en una de las películas más divertidas del festival.
Tampoco queremos explayarnos, pues, citando a Rubén Santantonín: «Toda explicación consiste en infligir una herida a algo». Seguiremos buscando.
Possible Love (Lee Chang-Dong)
Un hombre que no habla. Una mujer que habla demasiado. Una mujer que filma y se acerca demasiado. Otro hombre que no habla. Y un niño, también callado. Estos dos matrimonios, uno rico —una documentalista y un empresario a la espera de cerrar un acuerdo multimillonario con un fondo estadounidense— y uno obrero —un hombre despedido tras participar en las huelgas contra el cierre de la fabrica y represaliado por ello, una mujer que trabaja en una pequeña fábrica papelera—, protagonizan esta pequeña gran obra de cámara que se inspira en el «No Robarás», del Decálogo de Kieslowski. Como tal se establece como un reflexión sobre el deseo y la propiedad en distintas capas, las más amargas relatan la esclavitud contemporánea escondida tras el sistema de clases: los filmados y los filmadores, los asalariados y los empresarios. El deseo de la propiedad ajena, como se cita antes del inicio de la cinta, toma distintas formas, añadiendo capas rizomáticas a lo largo de sus casi tres horas.
Cabe recordar que, si bien no llega a las cotas de Burning, estamos ante uno de los cineastas, de corte humanista, con mejor habilidad para generar veladuras temáticas, es decir, construir la ambigüedad no desde el enfrentamiento de opuestos como desde. O dicho de otro modo, un cineasta tan humanista como humano.
Decíamos al principio que esta era una película de un hombre callado (incapaz de controlar asumir su derrota, lleno de ira y violencia), una mujer que habla demasiado (para ocultar su frustración sexual y de clase), una mujer que filma demasiado (sin pudor, con vampirismo) y un hombre que no habla (pero que tiene todo el poder); decíamos, esta es, de nuevo, una película sobre el lenguaje —el verbal y el visual— y su fracaso. Nunca tantas palabras se dijeron sin aportar nada; o buscando esconder cosas. Y la propia imagen, entre el documental y el feísmo —siempre con un gran pulso para contar las relaciones desde los personajes dentro y fuera de cuadro o su posición en el mismo—, impugna esa voluntad opaca de los maridos: Lee Chang-Dong ha generado tantas capas de transparencia que la ambigüedad moral puebla por doquier y la duda vive en cada plano.
Cuando el lenguaje, falla; cuando las imágenes no valen nada, solo queda la acción libertadora. La gran pregunta que queda es: ¿el símbolo, la poesía, son suficientes?
