Quién lo impide

Ficha Técnica

Título original: Quién

lo impide

Director: Jonás Trueba

Duración: 220 min

País: España

Idioma: Español

Intérpretes:  Candela

Recio, Pablo Hoyos,

Claudia Navarro, Silvio

Aguilar, Pablo Gavira,

Rony-Michele Pinzaru,

Marta Casado.

Atalante Cinema

Sinopsis: Entre el documental, la ficción y el puro registro testimonial, los jóvenes adolescentes se muestran tal y como son pero como pocas veces los vemos o nos dejan verlos: aprovechando la cámara de cine para mostrar lo mejor de sí mismos y devolvernos la confianza en el futuro; desde la fragilidad y la emoción, con humor, inteligencia, convicciones e ideas. Porque la juventud que nos habla de amor, amistad, política o educación no está hablando solo de lo suyo, sino de lo que nos importa siempre, a cualquier edad. La juventud de aquellos que nacieron a principios del siglo XXI, de aquellos que en el 2020 alcanzaron la mayoría de edad y aquellos que ahora parecen culpables de todo.

Crítica

No nos engañemos, el nombre y el apellido de Jonás Trueba abren muchas puertas. No inmerecidas, desde luego; sin embargo, a uno le cuesta creer que la misma obra realizada por los propios estudiantes sin el apoyo de un nombre consagrado hubiese tenido, por un lado, el favor de la crítica (y el público) y, por otro, suerte comercial. Hasta dudo que hubiese sido catalogada como «cine» y habría pasado a la no-Historia como material audiovisual de archivo, con un valor emotivo por lo familiar, pero muy alejado de valor estético que se reclama. También es cierto que sin Jonás Trueba tampoco hubiese tenido un acabado formal tan profesional que permita embarrar el debate.

Pero, ¿y si la cámara hubiese sido de video? ¿Y si la imagen no hubiese resultado tan estética? ¿Y si el montaje hubiese sido amateur? ¿Y si no hubiesen tenido contactos? ¿Y si no hubiese tenido una firma? Son preguntas que asaltan al terminar la película —se ha hablado mucho del carácter «de guerrilla», con apenas una pértiga para el sonido y una cámara operada por el propio director, como si fuese Jesucristo lavando los pies a los apóstoles—, pues, en el fondo, no importa qué cuenta ni cómo lo cuenta, lo importante es el acto de ser contado. El hecho de coger una cámara y jugar, de crear, de contarse a uno mismo.

El mayor acierto es la falta de pretensiones, que hacen de la obra aquello que naturalmente es: un registro. La captación de aquellos momentos de la vida de un grupo de amigos que entronca con el cine de los hermanos Lumière; algunos pasajes ficticios, otros más reales (la cinta consta de tres partes, separadas por interludios de cinco minutos: la primera y la última, de un fuerte carácter documental, se contrarrestan con la segunda donde se dan alas a la ficción), pero siempre emocionantes. No hay impostura, sino fluidez e ilusión. Y es en esos momentos íntimos donde uno puede encontrar una fácil identificación, quizá favorecida por la nostalgia de la juventud perdida. El otro gran acierto, en ese sentido, es esquivar la gran bala de intentar ser un retrato generacional, pues fracasaría (apenas se abordan conceptos como la crisis económica, el feminismo, el género y las nuevas sexualidades, las redes sociales, la crisis ecológica o la negación de un futuro) y desviaría la atención de aquello que realmente es: un grupo de amigos viviendo, con sus altos y sus bajos, una vida como la tuya o la mía.

Que no se malinterprete, Quién lo impide es una gran película y Jonás Trueba hace un magnífico trabajo. Es una obra única en el panorama audiovisual español actual, demostrando (otra vez) que el documental nacional tiene mucha fuerza, tanto por la vía más tradicional (El silencio de otros; Muchos hijos, un mono y un castillo) como en la experimental (El año del descubrimiento, My Mexican Bretzel). Es un efervescente grito de libertad tan rotundo del que es difícil hablar. Sin embargo, la sensación que deja la película es que términos como «calidad», «valor» o «criterio estético» son quienes impiden que existan más obras como esta — hechas desde la ilusión pura, sin pretensiones trascendentales y libres en su forma —, que esos constructos socioculturales (clasistas) son más restrictivos que objetivos a seguir y que una mirada libre de prejuicios es, ahora, más necesaria que nunca.

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