Tiempo de Victoria: La dinastía de los Lakers

Ficha técnica:

Título original: Winning Time:

The Rise of the Lakers

Creador: Max Borenstein,

Jim Hecht

Duración: 55 min x 10 eps.

País: Estados Unidos

Idioma:

Intérpretes:  John C. Reily,

Quincy Isaiah, Jason Clarke,

Gaby Hoffman, Hadley

Robinson, DeVaughn Nixon,

Solomon Hughes, Tamera

Tomakili, Adrien Brody,

Jason Segel, Sally Field,

Tracy Letts

HBO Max España

Sinopsis: La vida profesional y personal de los Lakers de Los Ángeles de la década de 1980. Una de las dinastías deportivas más veneradas y dominantes, con un equipo que definió una era, tanto dentro como fuera de la cancha.

Crítica:

Uno de los aspectos más brillantes de Quién lo impide de Jonás Trueba es que entiende la cultura no como una industria, sino como la expresión de un tiempo. La empoderación que transmite no viene dada de lo representado o de su carácter de producto cultural, sino del propio hecho que la película exista. Porque Quién lo impide es lo más parecido a una cultura popular real —aquella que hace el pueblo para el pueblo—, pues vivimos en un mundo donde toda la cultura, la popular y la no popular, nos viene dada. Es el acto, no el producto.

Quizá es la obsesión con los productos —quizá la falta de actos— lo que haya llevado a que no se estudien los deportes (y otros ámbitos alejados de la «industria cultural») como expresiones culturales de una época, pese a ser los espectáculos más permeables a los humores sociales por su gran proyección pública. Si alguien mira la evolución de la NBA en las últimas décadas, el juego y aquello que lo rodea han sufrido los mismos cambios sociales que la propia sociedad. Como la vida moderna, el baloncesto actual es muy rápido, con posesiones efímeras, abuso del triple y del contraataque, primando la espectacularidad por encima de cualquier cosa; al mismo tiempo, la concentración de capital, los presupuestos desorbitados, la descentralización y la brecha salarial son cada vez mayores en la NBA, con la formación de los superequipos en la ciudades importantes de Estados Unidos: Los Ángeles, Nueva York, San Francisco, Boston,…

Tiempo de victoria: la dinastía de los Lakers no es tanto un serie de baloncesto como el relato fundacional de una cultura, la actual. En ella, la empresa es el principio y el fin. Por eso, Jerry Buss —interpretado por un totémico John C. Reilley— es el protagonista absoluto, no Magic Johnson. No es la estrella, es el hombre de finanzas detrás de la estrella. O, más bien, es la simbiosis entre ambos mundos. La co-dependencia entre el espectáculo y el poder económico.

El mundo en el que irrumpen es uno conservador, estancado, sin emoción. Este adquiere forma a través de Fred Auberbach, entrenador de los Boston Celtics, y Kareem Abdul-Jabbar. El entrenador Jack McKinney será el encargado de dinamitar la Vieja Escuela, ayudado por Magic, y, a partir de ahí, Kareem se verá obligado a evolucionar su juego (su trama es la del intelectual que, acusado de ególatra, tiene adaptarse a los nuevos tiempos), mientras que los Celtics (Fred Auberbach + Larry Bird) se convertirán en el enemigo a derrotar. En un punto intermedio se encuentra Julius Erving que representará la conquista del sueño. El nuevo baloncesto es rápido, espectacular e impredecible y va acompañado de dinero, estrellas y mujeres —el intento de empoderar a Jeannie Buss, actual propietaria del equipo, resulta especialmente patético porque, en su narrativa mitológica, terminan haciendo lo contrario. No es difícil establecer paralelismos entre el cambio de juego que impulsaron los Lakers con el cine de los 80, con la aparición de las multisalas, el impulso al cine de aventuras y la invasión adolescente de la pantalla. Esta serie deja patente el cambio cultural sobre el que se construye el tiempo actual y que ese viraje no solo está presente en la industria cultural, sino en todos los ámbitos de la sociedad.

Una propuesta que termina siendo problemática a varios niveles. En primer lugar, su carácter laudatorio y acrítico, que elogia los pilares más problemáticos de la sociedad actual (machismo, anti-intelectualidad, superficialidad, neoliberalismo, meritocracia). Que Kareem Abdul-Jabbar y Magic Johnson hayan hablando en contra de la serie —el primero en un magnífico artículo que publicó en su newsletter, el segundo en la producción de una serie documental They call me Magic para Apple TV+—, acusándola (con razón) de deshonesta y aprovechada, solo hace que reforzar ese carácter oral e irreal del que la serie se beneficia.

En segunda instancia, Tiempo de victoria es un relato mitológico que ha sustituido la solemnidad por la sátira. En un intento de crear profundidad o de irreverencia —en cualquier caso, un intento fallido— hace que sus personajes sean caricaturas, con Jerry West —interpretado por un histriónico Jason Clarke— a la cabeza. Y ahí es cuando aparece el carácter de bully que impregna la serie, humillando a sus personajes por conseguir la risa del público; algo que no debería sorprender por la marcada ideología neoliberal que empapa cada escena (aparentemente en contra de los deseos de sus creadores). Por cierto, las propias escenas de baloncesto dejan mucho que desear y su inclusión parece en sí misma una caricatura.

Y, por último, la forma termina siendo engañosa. Más allá de la paleta dorada que sirve para representar tanto los colores del equipo como para evocar la victoria o el pasado idealizado, Max Borenstein, Jim Hechet, Adam McKay, Jonah Hill y el resto del equipo nos introducen en una mezcla entre el falso documental y el cine pop donde todo es posible como parte de este relato mitológico, otorgando falso realismo y adentrándose en una dimensión de memoria inventada. Lo pop está presente en sobre todo en los dos primeros episodios —dirigidos respectivamente por Adam McKay y Jonah Hill—, donde se juega un poco más con las formas y los límites de la imagen, introduciendo animación, insertos de archivo, rótulos jocosos,… Por la parte del falso documental, se busca la recreación de la imagen de la época a través de diferentes formatos de celuloide y filtros que buscan capturar el recuerdo de esa imagen perdida; una decisión que hace de la serie una obra muy disfrutable visualmente, si bien hay momentos donde uno se pregunta cuál es el sentido de cada cambio de formato en un montaje espídico que combina varios. Y esa pérdida del sentido también acompañará a la ruptura de la cuarta pared, que solo sirve para crear complicidad y algún que otro chiste, algo de lo que parecen darse cuenta, pues, poco a poco, capítulo a capítulo, van abandonándola.

A pesar de todo, la serie funciona. Funciona por sus actores, por sus estética singular, pero, sobre todo, por la fuerza arrolladora del relato fundacional, de la mitología creada. Veremos cómo lo hace en su segunda temporada, cuando toque abandonar esa narrativa-sorpresa y construir algo permanente.

HBO Max España

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