Pig

Ficha técnica:

Título original:

Pig

Director: Michael Sarnoski

Duración: 92 min

País: Estados Unidos

Idioma: Inglés

Intérpretes: Nicolas Cage,

Alex Wolff, Adam Arkin,

Nina Belforte, Gretchen

Corbett, Dalene Young,

Julia Bray

A Contracorriente Films

Sinopsis: Un buscador de trufas que vive sólo y aislado en una zona salvaje de Oregón regresa a su pasado en Portland para recuperar a su querida cerda trufera, que le ha sido secuestrada.

Crítica:

Por Jorge Sánchez y María Valdizán Cuende

En Hit the road, Panah Panahi esbozaba diferentes maneras sobrellevar una pérdida. Por un lado, la superficial que se evadía a través del humor y la ficción; por otro, la lacónica que buscaba evitar el dolor a través de la falta de palabras; y, por último, la profunda que aceptaba la pérdida y naturalizaba el duelo. En Pig, otra road movie, esta vez de carácter vengativo, Michael Sarnoski explora los entresijos del dolor. A través del secuestro de una cerda trufera.

La premisa «A Nicolas Cage le roban su cerda y comienza una búsqueda de venganza» bien podría ser un nuevo capítulo, escrito en clave de explotación de John Wick, en una filmografía que, salvo excepciones en los últimos años, ha derivado al meme autoparódico (véase, El insoportable peso de un talento descomunal). No obstante, Pig se encuentra dentro de ese pequeño círculo de excepciones, junto a Spider-Man: Un Nuevo Universo, Color out of space o Mandy, otra película donde se explora el duelo en un registro más lisérgico y referencial. Nicolas Cage vuelve a demostrar que, más que un actor histriónico, es uno camaleónico, entregándose a las necesidades del personaje y poniendo toda la carne en el asador. Y que es uno de los grandes actores vivos.

La ópera prima de Michael Sarnoski no se siente en ningún momento como una ópera prima. Es una obra madura, concisa en sus imágenes y sin grandes aspavientos en su narración. Es una película calmada, tierna y triste, con un halo de romanticismo que envuelve y empapa cada plano de la cinta y una vocación por las texturas muy palpable. En ese sentido, se podría considerar una película gastronómica y la atención que presta Sarnoski a los detalles de la preparación de las comidas (y su degustación), así como la rutina de recolección de trufas de la secuencia inicial, sirven como ejemplos de una filosofía de «el placer está en los pequeños detalles» por la que parece abogar.

Esta filosofía entronca con la crítica al capitalismo que se desarrolla a lo largo del metraje. Sarnoski muestra una sociedad neoliberal incomunicada, más preocupada por los diferentes constructos sociales (desde la calidad artística hasta la conexión con objetos materiales, pasando por la propia percepción del tiempo) que por la humanidad y las relaciones interpersonales. La presencia del capitalismo es constante —como la fotografía oscura—, pero tampoco se busca un discurso matizado y de un perfil más teórico, sino que es un fantasma que condiciona las acciones de los personajes y el paisaje de la cinta. Y es en ese panorama precario donde la búsqueda desesperada y obtusa de una cerda deja de ser una premisa ridícula para alcanzar cotas muy poderosas de emoción.

Como el capitalismo, la pérdida de seres queridos también puede provocar que levantemos muros entre nosotros. La dialéctica entre opuestos que se establece entre Robin y el hombre que secuestró a su cerda muestra los extremos de ese espectro: en primer lugar, el personaje al que da vida Nicolas Cage se aisló de cualquier contacto con la civilización para llevar una vida solitaria en un bosque («No existes» le espetan en repetidas ocasiones); en segundo lugar, el otro hombre mantiene con vida a su mujer, tras el intento de suicidio de esta (una actitud que parece comprenderse mejor con uno de los últimos diálogos pronunciados por Robin: «si no hubiera salido a buscarla [a la cerda], en mi mente seguiría viva»); y, por último, Sarnoski, en los últimos instantes de la cinta, parece apuntar una tercera opción representada en Amir (Alex Wolff) y Helen (October Moore), un punto intermedio entre ambas donde, como la madre en Hit the road, no se evadan las emociones y se acepte el dolor y la pérdida. De esta forma, evita caer en un discurso problemático sobre la relación entre la civilización y la vida ermitaña, mostrando el individualismo extremo de sendas posiciones.

En su lugar, la cinta de Sarnoski, si bien en ningún momento juzga a sus personajes, se establece como una película que, hecha desde el amor, busca tender puentes y romper las barreras comunicativas. Así, subvierte el subgénero de películas venganza, con una represalia tierna y empática, alcanzando lugares más profundos (de su antagonista, pero también del espectador) que cualquier éxtasis violento. Por tanto, se relaciona estrechamente con obras recientes tan dispares como Belle, Todo a la vez en todas partes, Cinco lobitos o Bailando por la vida, pues todas ellas diagnostican una sociedad hiperconectada, pero vacía, que necesita comunicarse en registros más profundos y humanos y profetizan la importancia que tendrán las nuevas generaciones en el cambio de modelo y defienden el carácter revolucionario de la empatía.

A Contracorriente Films

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