Nosotros no nos mataremos con pistolas

Ficha técnica:

Título original:

Nosaltres no ens

matarems amb pistoles

Directora: María Ripoll

Duración: 89 min

País: España

Idioma: Español, valenciano

Intérpretes: Ingrid

García-Jonsson, Lorena

López, Carlos Troya, Elena

Martín, Joe Manjón

Filmax

Sinopsis: Mientras el pueblo se prepara para celebrar su fiesta mayor, Blanca se esmera en que la primera paella que hace en su vida le quede perfecta. Ha conseguido reunir a sus amigos de toda la vida después de años sin verse. Todos están en la treintena y sienten que la juventud se les escapa, atrapados en la precariedad laboral, el desencanto y un continuo volver a empezar. La paella se alarga hasta el anochecer, entre revelaciones de secretos, reproches y equívocos. Pero ahora más que nunca, los cinco amigos se necesitarán unos a otros para salir adelante. 

Crítica:

La juventud está crisis. O eso parece querer transmitirnos el cine. Como hemos visto últimamente —La peor persona del mundo, Ninjababy, Bailando por la vida o, incluso, títulos menos previsibles como El acontecimiento o Todo a la vez en todas partes—, el desencanto y el choque con la realidad que se produce tras la entrada en la vida adulta. Como en los títulos nombrados, Nosotros no nos mataremos con pistolas es una comedia agridulce; sin embargo, al contrario que el resto, María Ripoll localiza la historia un tiempo después, cuando la desesperanza y la realidad ya han hecho mella.

El marco de la película es la Valencia post-crisis, con la centralización y la precariedad como principales amenazas a la vida en un pequeño pueblo costero. Cada uno de los amigos parece querer representar una narrativa que resultó ser mentira: Blanca (amor romántico), Elena (meritocracia y libre mercado), Marina (familia), Miguel (artes y círculos intelectuales), Sigfrido (heteronormatividad) y Paula (amistad). Y cada uno se representa en una fase distinta del desencanto, desde el humor alocado y optimista de Marina hasta la muerte de Paula. Será ella, reencarnada en una gallina —la auténtica protagonista de los mejores momentos de la cinta—, constante recuerdo no solo de la mortalidad y la vanidad de la existencia, sino de la fragilidad del ser humano y de las relaciones sociales. Frente a ello, el carpe diem y una amistad renovada por el diálogo.

De esta forma, se construye una cinta cuyo fondo es más social que melodramático, alejándose de una película de amigos reunidos y adentrándose en el relato generacional. Sin la pretensión de generar una tesis o una fotografía fija de algo tan voluble, sí logra pulsar muchas de las teclas clave para que el discurso resuene con fuerza. No obstante, tampoco se distancia en exceso y temas como la amistad y la salud mental son fundamentales para la obra.

Todo en la película está construido con pequeñas pinceladas que pueden saber a poco: un poco de western, un poco de trasfondo social, un poco de Mediterráneo, un poco de caracterización de personajes, un poco de surrealismo, un poco de teatro, un poco de comedia, un poco de drama, un poco de nostalgia, un poco de fiesta, un final un poco abierto, … un poco de todo. Y es en esta suma de pequeños momentos, como si de un cuadro impresionista se tratase, donde el conjunto, pese a la falta de un desarrollo más contundente, funciona. No de forma extraordinaria, pero funciona. Esto es porque, en gran parte, esa mezcla es muy particular, casi única; pero también porque María Ripoll sabe lo que hace —parece haberse especializado en la comedia dramática generacional, pues también es la firmante de títulos como Utopía, Tu vida en 65′ o Vivir dos veces— y entrega una obra que, sin la necesidad de ser una obra maestra, está bien. Es disfrutable, divertida y ligera; sus escasos 90 minutos se pasan rápido y nunca se hacen cuesta arriba; y la escritura solvente y la interpretación aportan frescura al conjunto.

Se le pueden poner varios peros a Nosotros no nos mataremos con pistolas, pero, teniendo en cuenta que estamos ante una película sobre lo doloroso del choque entre expectativas y realidad, parece incoherente pedirle peras al olmo; particularmente cuando hay una voluntad tan clara de regocijo y alegría. Exceptuando el planteamiento western, que parece agotarse en los primeros compases de la cinta y solo pervive, como un fantasma, en la fotografía de los paisajes valencianos, María Ripoll cumple todas sus promesas, aunque no sean muy ambiciosas. Parece ser que nosotros mismos somos la última frontera.

Filmax

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